No hay cómo negarlo: las pasadas elecciones para gobernadores en Venezuela fueron un desastre  opositor en Venezuela. La duda es si, a futuro, se las verá como un Waterloo o como un Dunkerque. Es que los candidatos de Chávez obtuvieron la victoria en 20 de 23 estados y sus contendores perdieron cinco de las ocho gobernaciones que poseían, lo que incluye la segunda y terceras más populosas: Zulia y Carabobo. Si esto es una tendencia firme, una eventual nueva elección presidencial en pocos meses más, en caso de muerte o incapacidad del recién reelecto Chávez, mantendrá al chavismo en el poder. Es la “Visión Waterloo”. Sin embargo los opositores salvaron algo nada menor: a Henrique Capriles, quien volvió del borde del coma político al ganar en su estado de Miranda, donde había sido derrotado en la presidencial contra Chávez. Sucede que si Capriles repitiera los votos que logró en octubre y Nicolás Maduro, el delfín de Chávez, sólo los de diciembre (6,6 millones contra cerca de 5 millones, respectivamente); sería electo. Más allá de la fantasía o realidad de ello, la pregunta que algunos comienzan a hacerse es qué significará para los aliados y adversarios externos una Venezuela sin Chávez.

En principio –pese a la paranoia de la Cámara de Representantes de EE.UU., que en diciembre aprobó una ley para “frenar” la influencia de Irán en Latinoamérica– el alejamiento de Caracas tanto de Teherán como de Moscú tendría efectos más retóricos que prácticos (Rusia sólo lamentaría perder un buen comprador de armas). No sería lo mismo en los casos de Cuba, Nicaragua y Colombia. Los dos primeros reciben un fuerte subsidio energético de Venezuela y sus balanzas de cuenta corriente se verían resentidas si el trato favorable se acabase. En el caso cubano ello es tan importante que algunos temen volver al “Período Especial” de los 90, época de gran carestía y sufrimiento. Algo irónicamente, una Venezuela con Capriles al mando podría derivar en el fracaso de las conversaciones de paz entre las FARC y Colombia. Es lo que piensa Juan Gabriel Toklatián, Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Di Tella, en Buenos Aires, y ex director del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de los Andes, para quien, si el modelo transición “es razonable, habrá convivencia adentro y ligeros cambios afuera. Y en ese frente externo, la clave es que, gracias a Chávez, hay, en parte, proceso de paz en Colombia”.

Toklatián también advierte que la posibilidad de convulsiones en la era post-Chávez podría hacer irrelevante preocuparse por los efectos del giro en el exterior, ya que “si es un modelo cruento, lo que pase afuera (Brasil, ALBA, Cuba) es lo de menos, pues el país se podría deslizar hacia un escenario de crónica inestabilidad por un largo período”. Un Waterloo nada menor para toda la región. Y, con certeza, podría tensionar las relaciones entre Washington y Brasilia al verse tentados ambos a intervenir para estabilizar la situación.