El Medio Oriente vuelve a estar en el medio de todo. La marea de protestas en el norte de África, la península arábiga, Irán e Irak ha puesto la atención mundial en esa zona del mundo donde priman gobiernos autocráticos que dejan poco espacio para la participación popular. En este mundo globalizado, las batallas que se repiten en Bahrein o Benghazi no sólo afectan a América Latina por la vía del alza del precio del petróleo, que al cierre de esta edición volvía a cruzar la frontera de los US$ 120 por barril. 

Las noticias no son sólo relevantes en esta parte del mundo por las grandes comunidades de inmigrantes que vinieron a vivir a Argentina, Brasil, Chile o Colombia en tiempos pasados.

Uno de los efectos colaterales de esta crisis es que América Latina volverá a un segundo y tercer plano en las listas de prioridades de los grandes centros de decisión globales. Estados Unidos, por ejemplo, tendrá que dedicar muchos recursos de política exterior a la zona. Por mucho que se diga que Twitter, Facebook y otras empresas estadounidenses impulsaron esta oleada de libertad, lo cierto es que muchos de los dictadores que están siendo amenazados contaban con el respaldo de Estados Unidos. Así, a diferencia de la caída del bloque soviético hace 20 años, en donde los pueblos oprimidos veían a EEUU como una fuente de salvación, en este caso es al revés. Nuestro vecino del norte tendrá que llevar a cabo un duro trabajo si el objetivo es no perder su influencia ante el levantamiento de opositores que derroquen a gobernantes considerados como sus aliados.

En este contexto, es poco probable que salgan los puntos pendientes de la agenda comercial y que tienen a Colombia y Panamá esperando por ratificaciones legislativas de Tratados de Libre Comercio, y a toda una región aguardando por señales claras desde Washington para un plan regional de integración económica. 

No obstante, hay que mirar con atención lo que sucede en esa zona del mundo, pues hay lecciones que extraer. Una de ellas es el efecto de los precios de los alimentos en sectores marginados. El alza de la comida no es sólo una preocupación por la tasa inflacionaria. También puede ser el gatillo más inflamable para que el descontento social se transforme en serias revoluciones, especialmente en las sociedades con altos niveles de desigualdad. Ya sean gobernantes civiles, militares o monárquicos, en la mayoría de las naciones del Medio Oriente y Norte de África hay dos o tres grupos de privilegiados que viven en un mundo de abundancia que supera por mucho al de las clases medias-altas de países europeos. Un mundo al que se accede por herencia, capricho o delito, y no por talento o trabajo. En América Latina, una región que goza de libertades políticas como nunca antes, esta situación de diferencia abismal en riqueza y estilos de vida también se da en naciones como Guatemala, Honduras, Paraguay, Chile y Brasil. Eso sin contar con lo que les ocurre a minorías indígenas o a los habitantes de zonas remotas que existen dentro de cada uno de nuestros países. Las manifestaciones por los alimentos ya han llamado la atención en Bolivia, Venezuela y países centroamericanos. 

Además Medio Oriente nos demuestra que el confiar en un gasto masivo en sistemas de seguridad interior y equipos militares top no hace de una nación un lugar más seguro. La desconfianza entre ellos por ínfimas disputas territoriales en un desierto o borde costero, les impidió crear un sistema de seguridad colectivo sólido y destinar parte de esos gastos a problemas más urgentes vinculados al desarrollo económico y el bienestar público. En nuestra región también se tiene una tendencia a ser pendencieros por el borde de una laguna o unos islotes, a reclamar por el gasto de armas de los otros y nunca ver la viga del gasto propio. Luego, irónicamente, al no desarrollar nuestras economías, el dinero fácil del narcotráfico corre libre y termina corrompiendo a policías y militares muy bien armados.

El Medio Oriente y el Norte de África son zonas lejanas y con diferencias abismales a las latinoamericanas. No obstante, hay factores que se repiten y que hacen de estas rebeliones algo mucho más cercano de lo que nos imaginamos.