Uno de los descubrimientos tras la muerte del líder de las Farc Mono Jojoy por parte del ejército colombiano fue la gran cantidad de pendrives o memorias USB que tenía en su poder. Y es que los miembros del grupo insurgente más antiguo de América Latina, como ya no usa teléfonos celulares ni internet por temor a ser rastreados, mantenían una pequeña red de estafetas que transportaban esos dispositivos digitales de un campamento a otro. Si usted analiza el impacto que tendría en su empresa el dejar de usar teléfonos e internet y lo reemplazara por unos veloces funcionarios dedicados a transportar archivos digitales en pendrives, podrá imaginar los problemas organizacionales que ya estaba teniendo el grupo terrorista en su enfrentamiento con el ejército. La muerte de Mono Jojoy, conseguida gracias a unos localizadores satelitales (GPS) que instalaron algunos de los miembros del equipo de seguridad en las botas del líder guerrillero (en colaboración con soldados de las FFAA), es señal además de que la traición recompensada puede desarticular a la organización más rápidamente de lo que muchos esperaban. Es una oportunidad única para el flamante presidente Juan Manuel Santos quien, junto con lograr la distención de las relaciones con Venezuela, puede mostrar al país este enorme golpe. Pero no son triunfos definitivos. El narcotráfico no se acabó con la muerte de Escobar, ni la de Castaño erradicó a los paramilitares. En Colombia siguen dándose las condiciones institucionales y económicas que permiten el cultivo de estas perversas organizaciones. En un contexto ventajoso para su economía, Santos puede aprovechar el enorme apoyo popular conseguido para sacar las reformas necesarias para su desarticulación. Una tarea compleja para las que el Presidente está demostrando capacidades y, para lo cual, hay que seguir apoyándolo.