Lula da Silva está cerrando su presidencia de una manera inesperada para muchos de los que veían con recelo su llegada al poder: ampliando el capitalismo en Brasil. Y de qué manera: con Petrobras batiendo récords históricos al recaudar US$ 70.000 millones en la bolsa. El PIB de Ecuador y Honduras en una sola emisión de acciones. Con ello, la Bolsa de São Paulo (Bovespa) se transformó en la segunda mayor bolsa del mundo en términos de valor de mercado (sólo superada por la de Hong Kong) y el presidente-obrero, quien se jugó su prestigio en promover la operación, deja a Brasil en un gran pie en su relación con los inversionistas internacionales. Un escenario que hace olvidar que cuando Lula salió elegido presidente a fines de 2002, el Bovespa cayó, el real se depreció y el riesgo país se disparó por la incertidumbre que generaba su triunfo.

No obstante, detrás de la espectacular capitalización de Petrobras, siguen habiendo muchas preguntas sobre el rol del gobierno en esta enorme empresa semiestatal en la que, si bien los intereses de los privados siguen al alza con la emisión, la participación estatal aumentó de 40 a 48% en su propiedad (el capital votante ya era en 57% del Estado). Esto gracias a una combinación de participación directa del gobierno en la expansión del capital, así como a través de distintas agencias, como el banco de desarrollo BNDES, o Previ, la gigante administradora de pensiones de los empleados del estatal Banco do Brasil.

No es mucho lo que se habla del papel del gobierno brasileño en la reconfiguración del poder empresarial a través del BNDES y los fondos de pensiones públicos. El gobierno brasileño y sus agencias han sido determinantes en el desarrollo empresarial en Brasil, en cubrir con liquidez cuando ha sido necesario y en intervenir en sus decisiones. Hay varios casos de operaciones de fusiones y adquisiciones protagonizadas por empresas brasileñas que se han tomado, o que han fracasado, debido al gobierno y su interés en cumplir con objetivos que van más allá de los de la misma empresa.

Es cierto que la de Petrobras es una realidad muy distinta a la de otras empresas estatales sometidas a presiones políticas y obligadas al pago de favores de quienes administran el poder. No obstante, la compañía deberá redoblar sus esfuerzos en transparentar su gobierno corporativo y en entregar nuevas garantías a los millones de nuevos accionistas minoritarios quienes apostaron fuerte por la empresa y no necesariamente por Brasil ni por su gobierno.