La primera y la segunda semana de septiembre La Cámpora, la organización de jóvenes que apoya a Cristina Fernández de Kirchner, hizo noticia por dos cosas. En la prensa opositora su nombre es sinónimo de una poderosa organización que se mueve como pez en el agua en los pasillos de la administración pública y que ha ido ganando espacios a ritmo acelerado. Por ejemplo, que tienen la "pole position" para los 7.500 cargos dispuestos por el Estado Nacional para el 2015. Al menos eso fue lo que deslizaron algunas agrupaciones de trabajadores públicos y que esa misma prensa recogió de inmediato, sin indagar mucho cuánto hay de mito y cuánto de realidad. Lo cierto es que la Cámpora es un fenómeno relativamente nuevo y que se asomó recién desde el segundo mandato de Cristina Fernández. También es cierto que ha venido tomando notoriedad y cargos de poder, tanto en la administración pública como en el Parlamento. 

La segunda noticia no fue una sospecha sino un hecho político. Ocurrió en el estadio de Argentinos Juniors, llamado Diego Armando Maradona, lugar donde La Cámpora reunió a 40.000 personas, en su mayoría jóvenes, bajo el sugestivo lema “Irreversible”. Presidió el acto la mesa de conducción nacional compuesta por el hijo de la presidenta, Máximo Kirchner; el presidente de Aerolíneas Argentinas, Mariano Recalde, y los diputados Andrés Larroque, Mayra Mendoza, Eduardo “Wado” de Pedro, José Ottavis y Juan Cabandié. Todos políticos jóvenes que rondan los 40 años o menos. También desde la platea acompañaron el ministro de Economía, Axel Kicillof, y el presidente de la Cámara de Diputados y actual precandidato presidencial por el oficialismo, Julián Domínguez, entre muchos otros. Como la tarde amenazaba con un aguacero primaveral, las intervenciones de los miembros de la mesa de conducción fueron breves para dar lugar a la sorpresa final: el primer discurso público de Máximo Kirchner. En palabras de Martín Rodríguez, un ex militante y cofundador de La Cámpora, el hecho de que hable Máximo es “como que hable Cristina”. 

Profundamente emocionado, pero también duro en sus palabras y conceptos políticos, Máximo Kirchner recordó a su padre, agradeció a los compañeros de La Cámpora y de ahí se lanzó a la arena política con todo. Afirmó que no había apellidos milagrosos, sino “proyectos políticos”; acusó a los dirigentes sindicales “devenidos en empresarios”, que se hacían rodear de barrabravas (una clara alusión a Hugo Moyano, secretario general de la facción opositora de la Confederación General del Trabajo, CGT). Ironizó también con los únicos programas que conocían los dirigentes opositores, “los programas de televisión”. Ahí, según él, resolvían todo. Pero lo más interesante fueron sus definiciones: la primera sobre cómo es percibida La Cámpora desde el espacio no kirchnerista. “Fuimos acusados de irracionales, de plantear conflictos inexistentes, de dividir a los argentinos”, dijo. La segunda fue respecto de los desafíos a futuro: “Hay muchas más peleas por dar”. Una frase muy significativa.

Para el politólogo Nicolás Tereschuk detrás de estas dos definiciones está el estilo de conducción de la presidenta, que es distinto a otros dirigentes peronistas y a otros presidentes. Ella “plantea a la sociedad más conflictos (‘frentes abiertos’) de los que han planteado otros”, afirma Tereschuk. Por ello hay que pensar a La Cámpora “en función de qué estrategias encare Cristina Kirchner en lo que le queda de mandato. Es decir, la transición política será más o menos conflictiva, la definición del candidato presidencial del oficialismo será más o menos conflictivo”. Según Tereschuk, de eso depende la actitud de La Cámpora.

Sin fisuras

La agrupación debe su nombre a Héctor Cámpora, un odontólogo y político argentino que gobernó durante 49 días, entre mayo y julio de 1973. Fue un breve período de paz antes que estallara la violencia política entre la derecha y la izquierda peronistas, que desembocaría en la dictadura militar. 

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¿Cómo funciona La Cámpora? Martín Rodríguez acaba de sacar un libro llamado Orden y progresismo: los años kirchneristas (Emecé) y habla de ello con conocimiento de causa. Militó en la organización desde 2006 hasta 2012; participó, según recuerda, en la discusión que definió el escudo. Hoy se reconoce más lejos de La Cámpora que de la política, aunque conserva “hermanos” adentro. Quizá por ello en su análisis adopta un tono aséptico: “La Cámpora fue definida por Mariano Recalde como kichnerismo químicamente puro”. Y esa definición se la explica porque “el kichnerismo nació débil y necesitó, a pedido de Néstor Kirchner, un proyecto sin fisuras dentro del peronismo. La Cámpora expresa la ideología del gobierno sin fisuras”. Por eso, recalca Rodríguez, cuando Máximo habló en el acto de Argentinos Juniors era la presidenta quien hablaba.

Tereschuk es más asertivo a la hora de analizar los activos y pasivos de La Cámpora. Entre los primeros está la idea nítida de para qué está, cuáles son sus objetivos políticos, con qué parte de la historia de Argentina se conecta su acción política. Entre sus carencias se cuentan no tener “territorios donde hacerse fuertes electoralmente” ni tampoco llegar “a públicos menos juveniles y kirchneristas, con el fin de producir candidatos que sean votables por distintos sectores sociales”. Para este politólogo, lo central es que se mantenga dentro de la estructura del Partido Justicialista (PJ): “De ser así cualquiera que sea el resultado electoral del próximo año le permitirá seguir haciendo política”.

Para Rodríguez, en el modelo de La Cámpora hay dos espejos: la Juventud Peronista (JP) de los años 70, de la última etapa de Perón, y la Coordinadora de los años 80, de Raúl Alfonsín: “En la forma se parece a la JP, pero en el fondo, a la Coordinadora [de la Unión Cívica Radical]. Y digo esto porque la JP tenía sindicatos, gobernadores, poderes intermedios, de los que La Cámpora carece. La otra diferencia es que esa juventud disputaba con Perón, mientras que esta juventud está con Cristina”. De estas carencias surgen dos más: primero, en la organización no hay espacio para la crítica, y segundo, no tiene “electorabilidad”, porque “es un fenómeno fuerte de participación, pero no de representación”. En el mismo sentido, Rodríguez advierte que tampoco hay un líder, aunque admite que de aquí en adelante habrá que estar atentos a lo que suceda con Máximo. Por el momento la organización “lidera, pero carece de liderazgo”.

Madre apoya

¿Cuál será el futuro de esta “expresión de una politización de los jóvenes de clase media”, como se atreve a definirla Martín Rodríguez? Nicolás Tereschuk advierte que esa pregunta equivale a “preguntarse en qué escenario económico y social culminará el gobierno de Cristina Fernández”. Y para ello hay que tener en cuenta que la región en general y Argentina en particular creció durante los últimos años a tasas altas y continuadas, con mejoras significativas en los indicadores sociales. Pero hoy las perspectivas parecen adversas. “Mirá cómo está la economía”, dice Rodríguez, explicando así la aparición pública de Máximo en desmedro del ministro Axel Kicillof.

Pero más allá de quién hizo el discurso, lo cierto es que una organización que cuenta con el presidente de Aerolíneas, diputados nacionales, provinciales y legisladores (de hecho ya puede hablarse de una bancada camporista) tiene un capital político para paliar varias de estas carencias, e incluso volverlas fortalezas en las próximas elecciones. Máximo Kirchner ya dijo en su alocución que no había que tenerles “miedo a las urnas”, y ése era un mensaje hacia afuera, pero también hacia adentro de la organización.

Rodríguez plantea que la aparición de Máximo significó además que se les cerró la puerta a los otros candidatos del oficialismo, en especial al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli. Y no sólo su aparición, ni su potente y emotivo discurso, sino el anuncio, a menos de un año de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), de una candidatura a una intendencia (alcaldía), que bien podría convertirse en una candidatura a diputado o a gobernador. En esa instancia Máximo Kirchner podría contar, como todo buen hijo, con el apoyo de su madre.