¿Despertó esta mañana con ganas de arruinar el futuro de una ciudad o, incluso, de un país entero? Simple. Convenza a sus dirigentes, con una sonrisa en el rostro, de que se postulen para realizar una olimpiada y ayúdelos con denuedo máximo a lograr esa meta. Por alguna razón los griegos, grandes tramposos, grandes tacaños y grandes sabios a la vez, llevaban a cabo sus olimpiadas siempre en el mismo lugar: el valle de Olympia, cerca de la pequeña ciudad de Elis. Las olimpiadas modernas, en cambio, son itinerantes y van dejando tras de sí un rastro de despilfarro, en el mejor de los casos, y de ruina, en el peor.

Si nos fijamos en las ciudades organizadoras desde 1976 a hoy, descubrimos que tres de ellas (Moscú, Barcelona y Atenas) fueron en naciones que 8 a 15 años después colapsaron. Dos (Los Ángeles y Atlanta) ocurrieron en el país más poderoso del mundo antes que entrase en un período de estancamiento, una (Montreal) dejó a la ciudad endeudada por 30 años, otra (Londres) se encuentra en la segunda parte de una recesión doble y sólo tres (Seúl, Sidney y Beijing) parecen haber dejado indemnes, por ahora, tanto a las ciudades como a los países.

Esta posible “maldición olímpica” obviamente no es una maldición mágica. Es probable que tenga que ver con un derroche de recursos que economías en desarrollo, o de tamaño medio y pequeño, no pueden permitirse. La contraprueba la ofrecen las ciudades y países organizadores de los muchísimo más modestos “juegos olímpicos de invierno” donde -exceptuando Sarajevo- no suele haber mayores desastres posteriores. Es así como las Olimpiadas de Barcelona (1994) costaron en total US$ 12.500 millones. ¿Cómo serían hoy las finanzas de Cataluña si ese dinero se hubiese ahorrado o invertido en un fondo? Sí, está el argumento de que tal gasto fue productivo. Pero según el informe London 2012 Olympics Provide a Short-term Boost, But No Gold Medal for Corporates, de Moody’s Investors Service, “es poco probable que (el gasto) provea un impacto positivo de largo plazo en la economía del Reino Unido”. El informe indica que el 68% del efecto en turismo, por ejemplo, proviene del gasto de turistas locales, y será compensado por “un gasto más débil en otras formas de turismo doméstico”. ¿Gastarse de US$14.500 a 17.000 millones en un evento que sólo impulsará la hotelería, las ganancias de los sponsors de los juegos y la afluencia de 300.000 turistas adicionales al 1,5 millón que suelen ir en agosto a Londres? Un negocio modesto por donde se le mire.

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Es lo que tiene que evaluar Rio (y Brasil), donde tendrán lugar las Olimpiadas 2016. Según cálculos preliminares los juegos podrían costar de US$9.800 a US$18.600 millones. Casi seis veces el presupuesto anual de ciencia del país, y ¡medio siglo! (47 años para ser exactos) del presupuesto del Ministerio de Medio Ambiente para 2012. Agregándole US$2.000 equivaldría a un segundo Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC). Atenas, hoy repleta de instalaciones olímpicas abandonadas, es una advertencia de que las coronas de olivos se marchitan más que rápido.