El perfil de Facebook Israel-Loves-Irán ha sido un pequeño boom. Creado por Ronny Edry, un diseñador gráfico que vive en Tel Aviv, reúne a israelíes, iraníes y cualquier persona del mundo que se oponga a un ataque de la Fuerza Aérea israelí a las instalaciones nucleares del país persa. Y la guerra misilística consecuente.

La situación que motiva las hostilidades verbales mutuas in crescendo es bastante absurda: Israel tiene armas nucleares, pero no lo reconoce. E Irán es un firmante del Tratado de No Proliferación de esas armas (además, están prohibidas por una fatwa  o edicto del líder religioso máximo, Ali Khamenei, también comandante supremo de las fuerzas armadas), pero se lo acusa de enriquecer uranio, lo que sirve para hacerlas.

“En forma muy objetiva se puede decir que hoy la situación de Israel no está en peligro”, dice Khatchik Derghougassian, profesor de  Seguridad Internacional en la U. de San Andrés, Argentina. Para él, la denuncia del peligro iraní  “es mucho más un juego de diplomacia coercitiva (hacia EE.UU.) que de crear hechos inmanejables”. Ocurre en el marco de una evolución en que “la clase política israelí se orientó más hacia el endurecimiento”. Según Shai Feldman, titular del Crown Center for Middle East Studies, en la Universidad de Brandeis, tal consenso ha comenzado a fragmentarse con la oposición del presidente (en Israel una figura sin poder, pero muy simbólica), Shimon Peres, para quien un ataque unilateral cercano a las elecciones en EE.UU., dañaría la relación con Washington. Lo que menos necesita el presidente Obama, afirma Feldman en su blog de Foreign Policy, es un conflicto con sus fuerzas todavía “desplegadas en Afganistán y por lo tanto expuestas a represalias iraníes”.

La economía de Israel e Irán tampoco necesitan el conflicto. El grupo de análisis económico israelí BDI–COFACE calcula que una guerra limitada de un mes podía costar más de US$ 41.000 millones. De los cuales, US$ 11.600 millones serían de gasto militar y daños directos en la infraestructura. A los que se sumarían unos US$6.000 millones anuales por tres a cinco años debido a otros efectos negativos. E Irán, ya sin guerra, está en recesión por efecto de las sanciones internacionales. Su moneda se ha devaluado casi 50% y las exportaciones se contraen velozmente. Un bombardeo podría empujarlo más al derrumbe o a una respuesta suicida. Así, “atacar a Irán es apostar a la idea de `caos y después vemos`. Es una jugada muy arriesgada”, sentencia Derghougassian.