Itu es un municipio de 157.000 habitantes, ubicado en el interior del estado de São Paulo. Se le conoce como la ciudad de las cosas grandes: famosos en Brasil son su cabina telefónica gigante, su semáforo gigante y sus tiendas que venden llaveros y lápices de tamaño desproporcionado. Pero también es escenario de una áspera disputa familiar, de esas que reflejan los problemas del gobierno corporativo en América Latina. En agosto pasado Gilberto, Daniela y José Augusto Schincariol interpusieron una demanda en el tribunal de Itu contra sus primos Adriano y Alexandre Schincariol.

Poco antes la japonesa Kirin había pagado US$ 2.570 millones por Aleadri-Schinni, la sociedad de inversiones de Adriano y Alexandre que controla el 50,45% del capital social de Schincariol, la segunda cervecera de Brasil. El otro 49,55% pertenece a Jagandil, la sociedad que agrupa a Gilberto, Daniela y José Augusto, quienes reclamaron su derecho preferente por el paquete accionario de sus primos. La jueza de la segunda sala civil de la ciudad de las cosas grandes accedió a la demanda y suspendió temporalmente la operación.

La operación sorprendió a muchos en Brasil. Se sabía que Adriano Schincariol estaba en conversaciones con las británicas SABMiller y Diageo, la danesa Carlsberg y Heineken. De hecho muchos asumían que esta última se quedaría con la empresa, lo que hubiera agregado una ficha más al negocio de la familia Garza, desde 2010 accionista de Heineken a través de Femsa.

Según analistas brasileños, los japoneses pagaron un sorprendente Ebitda de 17 veces (lo normal es 10), una suma elevada por una empresa que muestra apenas un 11% del mercado cervecero con sus marcas Schin, Devassa y Badem. Sin embargo, la adquisición les permite a los japoneses entrar a un mercado que factura anualmente unos US$ 9.000 millones, sin tener que invertir en infraestructura, redes de distribución ni creación de marca. “Es una rara oportunidad de comprar una empresa influyente”, dijo en Tokio Senji Miyake, CEO de la multinacional japonesa durante la conferencia de prensa que anunció la operación.

Para Kirin la internacionalización es un imperativo, pues el mercado doméstico prácticamente no crece y el año pasado incluso se contrajo en un 3,5%, según datos de la consultora Dealogic. Desde 2005 ha invertido US$ 12.000 millones en adquisiciones, como la china Hangzhou Qiandaohu, la filipina San Miguel y la australiana Lions Nathan. Según la agencia Bloomberg, el año pasado el 23% de la facturación de la empresa provino de sus subsidiarias extranjeras, contra apenas un 14% en 2005.

Pero el alto precio que pagó Kirin por Schincariol no se explica sólo por el interés que despierta la sed cervecera de los brasileños. Según un estudio elaborado para Cepal por los investigadores Ruth Rama y John Wilkinson, Kirin es un líder mundial en procesos de fermentación y en las biotecnologías asociadas. Y Brasil es hoy en día la frontera agrícola y alimentaria mundial.

Kirin tendrá que hacer frente a una serie de problemas domésticos para rentabilizar su inversión. Schincariol ha tenido una historia turbulenta en los últimos años, que combina altibajos comerciales y desencuentros entre las facciones de la familia controladora. En 2003 Nelson Schincariol, nieto del fundador, fue asesinado en su casa en Itu. Las relaciones entre sus herederos y los de su hermano Gilberto se deterioraron a partir de entonces. Hoy son como Montescos y Capuletos y su disputa se encuentra en tribunales.