A comienzos de año un escándalo sacudió a la industria vitivinícola francesa. La agencia local de control descubrió que entre 2006 y 2008 la estadounidense E&J Gallo, una de las mayores firmas del rubro en su país, había sido engañada. Los mostos a granel que importaba desde Francia no eran de la cepa Pinot Noir, como decían ser, sino una mezcla de mala calidad de uvas Merlot y Syrah.

El método para descubrir el fraude no fue muy sofisticado: un simple control rutinario de muestras al azar probadas por enólogos. Ahora, en Chile se está estudiando una manera científica que permitiría prevenir este tipo de errores. El director del Centro de Biotecnología de la Universidad Técnica Federico Santa María, Hugo Peña, y un equipo de investigadores lograron definir químicamente el detalle de la composición de un vino: a través de una muestra se puede identificar su cepa, año de cosecha e incluso su lugar de origen. Hasta la fecha, 30% de la composición del brebaje era desconocido. “Pero ahora podemos captar la mayor cantidad de sustancias químicas”, dice Peña, desarrollador de esta tecnología llamada metabolomics junto al instituto científico alemán Max-Planck.

El análisis permite identificar la calidad preestablecida por el enólogo. Los creadores del sistema ya están pensando en vender una certificación. “Esto podría servir para que Chile tenga un sistema propio de calidad y clasificación”. Por el momento, están probando el método en un plan piloto con Viña Casa Silva, específicamente en su cepa Carménère, y tienen conversaciones con tres viñas chilenas más.

Un equipo científico francés está realizando un trabajo similar, pero aplicado a la madera de las barricas donde reposan los vinos. La idea es mejorar su calidad y así la del producto final. Y otro grupo francés está trabajando con champagne. Peña afirma que pronto podría haber un trabajo en conjunto entre los tres equipos, lo que beneficiaría la producción vitivinícola y de espumantes a nivel mundial.