Podría ser la entrada de una nueva versión de los sarcásticos Diccionario del Diablo, deAmbrose Bierce y Diccionario de lugares comunes, de Gustave Flaubert, Nacionalismosísmico: (1) Indignación de habitante de país abrazado al Anillo de Fuego del Pacíficoante las reiteradas derrotas de su Servicio Sismográfico frente al USGS (United StatesGeological Survey) al momento de establecer la magnitud Richter verdadera de losterremotos que lo sacuden con demasiada regularidad. (2) Suficiencia de periodistas yanalistas locales –por lo demás del todo ignorantes de la ciencia de la ingeniería y el artede la arquitectura– debido a la escasísima cantidad de daños a los edificios del paíscitado, pese al zapateo insistente de los terremotos. (3) Orgullo (directa e inversamenteproporcional a la distancia del epicentro) provocado por el hecho de que la mayoría delos sismos “pequeños” sufridos por la nación se convierten en el más fuerte del año anivel planetario, y que el más grande registrado en la Historia, también le pertenece alpaís. (4) Negación, consciente o inconsciente, de los efectos psíquicos a largo plazo delos movimientos telúricos, excepto si se trata de un extranjero/a proveniente de naciónsocialdemócrata europea.

Sea como un momento de la adolescencia disparatada, como una chochera de la vejez o como simple efecto de unos tragos demás, todos los chilenos sufrimos en algún momento de nuestra vida la enfermedad más bien benigna del nacionalismo sísmico. Algunos, sin embargo, no la superan jamás. No se debe tratarlos demasiado mal.Después de todo, es pedir milagros (o una formación budista excepcional) que quienes han sufrido hasta 10.000 réplicas (sismos), 2.000 de ellas perceptibles, entre el 27 de febrero de 2010 y hoy, no conviertan el hecho en alguna narrativa épica. En especial porque las “fiestas” telúricas siempre se renuevan y hasta se superponen: luego del terremoto del 16 de septiembre pasado, en la zona de Canela Baja, en el norte del país,con apenas dos días y medio ya iban 300 réplicas, 59 de ellas de las que asustan.

Como todo nacionalismo, el sísmico es un agua que puede ser orientada hacia el molino correcto. Esto supone dejar atrás ciertas mañas y el enamoramiento de la fatalidad. En el caso de Chile, cabe preguntarse qué dice de sus gobiernos, su comunidad emprendedora y sus empresas de telecomunicaciones el que ninguno de ellos vea la necesidad, oportunidad y negocio posible en poner en marcha sistemas como los de México y Japón, que permiten alertar directamente a los celulares el inicio de los sismos.Se trata de redes (en el caso del Sistema de Alerta Sísmica Mexicano, SASMEX) quedan avisos de hasta 90 segundos de anticipación respecto del arribo de la onda sísmica(gracias al hecho de que los terremotos se mueven a menor velocidad que las ondas deradio). En Japón todo celular nuevo viene obligatoriamente con la aplicación, mientras que en México existen empresas que las venden y hasta un emprendedor notable, Andy Meira, quien creó un cubo casero bautizado “Grillo”. Este se conecta directamente a la red, y su proyecto ha crecido tanto que ahora busca tener un alcance global. Sus“clientes” son los 1.000 millones de personas que sufren sismos en el mundo. La iniciativa ya ha producido un efecto secundario notable: frente a los sismógrafos actuales que pueden llegar a costar US$20.000, Grillo Active puede fabricar un sensor sísmico(con un acelerómetro de difusión, controlador, capacidad de wi­fi y GPS) por US$ 50. Es un ejemplo a imitar que nos muestra que, como bien lo saben los ingenieros, frente a los terremotos no tenemos que ser una nación de “duros” que los resisten, sino una comunidad de flexibles que los “surfean”. Esto es, de inteligentes para cambiar lo que haya que cambiar. Y crear lo que haya que crear para anular sus efectos.