Es 1° de marzo del 2011 y un terremoto de nueve grados Ritcher daña los reactores uno y dos de la central nuclear de Fukushima, en el oriente de Japón. Luego un tsunami  arrasa sus sistemas de seguridad. Como una caldera incontrolable y radioactiva, el reactor uno se transforma en una amenaza comparable a Chernobyl. No obstante, a diferencia de la central soviética, acá la explicación del factor humano no cabe. Fukushima demuestra que los imponderables pueden generar una catástrofe nuclear y el pánico no tarda en correr por el mundo. En Alemania Ángela Merkel decide suspender la utilización de la energía atómica a partir de 2022. Suiza e Italia se suman a la decisión teutona. Parece el fin de la era nuclear, pero no.

Sólo seis meses después, en septiembre de 2011, la presidenta argentina, Cristina Fernández, inaugura la puesta a prueba de Atucha II, una central nuclear de 745 MW de potencia eléctrica, en adición a la existente Atucha I, inaugurada en 1974. Pero la mandataria promete más. Reafirma la construcción de Atucha III y terminar el prototipo de la Central Argentina de Elementos Modulares -CAREM-, una central de diseño 100% local, para 2016. Días después su ministro de Planificación, Julio de Vido, dispara la posibilidad de una quinta central. Ninguna señal de volver el camino atrás.

“La energía nuclear es el único sector tecnológico del país de alcance internacional y en el que Argentina le saca una ventaja a Brasil. Ningún partido político consolidado en Argentina renunciaría a ella”, analiza el consultor argentino Rosendo Fraga.

En este plan Argentina aumentaría la participación de energía nuclear desde 7% a 10% de su matriz eléctrica durante 2012 y “por lo menos” 15% antes de finalizar la década. Esto se apoya en su capacidad autónoma de uranio, además de contar con una masa crítica de técnicos y mano de obra calificada.

Pero quizá la mayor expectativa sea el potencial internacional del proyecto CAREM, en el nicho de las centrales  medianas. “Con un costo de inversión bajo tiene menos riesgo financiero y a través de una construcción modular se pueden  ir sumando reactores y generando ingresos”, explica Miguel Schlamp, coordinador de ingeniería en el proyecto CAREM25, como se denomina oficialmente al prototipo.

Brasil no se apaga. El gobierno de Dilma Rousseff tampoco vacila en definir al sector nuclear como “estratégico” para el crecimiento de  Brasil. El Plan Estratégico 2030 sigue en marcha tras Fukushima: Brasil invertirá  US$32.000 millones para finalizar Angra III en 2015 (que sumará 1,4 GW al sistema eléctrico), comenzará la construcción de dos centrales en el nordeste, con una capacidad conjunta de 2 GW, y proyecta otras en el sudeste a partir del  2025. Se especula que Brasil cerrará el período 2030 con ocho centrales, cuatro nordestinas y cuatro en el sudeste.

“Para Brasil la energía nuclear es la generación más limpia y barata para complementar el gran parque nacional hidroeléctrico y brindar seguridad del suministro”, dice Leonam dos Santos Guimaraes, asesor de Eletronuclear. El tema no es menor. La matriz eléctrica del país es 83% hídrica, con gran vulnerabilidad a la sequía.

Por otra parte, para el país sudamericano la tecnología nuclear es más que energía. Cuenta con las sextas mayores reservas mundiales de uranio y una tecnología de enriquecimiento competitiva a nivel internacional desde 2006. Por ello terminar las plantas industriales de conversión y enriquecimiento  no sólo le permitirá sustituir importaciones, sino convertirse en un proveedor regional de combustibles nucleares.   

Además, Brasil invertirá unos US$2.300 millones en investigación y desarrollo de radiofármacos, radioterapia y otras aplicaciones de la tecnología nuclear. También hay que seguir con atención al reactor LABGENE cuyo prototipo de 11MW operaría desde 2015 y sería el propulsor de los submarinos nucleares de Brasil. En el mundo existen varias propuestas para aplicar reactores de propulsión a los fines energéticos. Por ejemplo, la compañía francesa de barcos y submarinos DCNS lanzó un diseño de pequeñas centrales submarinas y transportables para la generación offshore. Se podrían usar bajo los hielos del ártico o en aguas ultraprofundas para alimentar estaciones de transferencia.

Una tendencia mundial. Las decisiones de América Latina no son aisladas. Un informe del Economist Intelligence Unit (Reino Unido) de junio 2011 titulado “Un paso atrás, dos adelante. 2011-2020, la década nuclear”, concluye que para 2020 la capacidad nuclear instalada crecería 27% en los 10 países más nucleares del orbe. ¿Los principales impulsores? China, Rusia y Corea, con un crecimiento de 527%, 81% y 50%, respectivamente.

Los defensores del átomo no se sorprenden.  “La energía nuclear es la única libre de carbono que ya ha probado su capacidad de suministro a gran escala y estar tecnológicamente madura”, dice dos Santos, asesor de Eletronuclear, coincidiendo con el informe.

Esta búsqueda de energía limpia es el principal argumento de venta de la industria. En su Environmental Outlook 2050 (noviembre 2011), la OCDE reconoció que las metas de reducción de emisiones de carbono para la mitad de la centuria serán imposibles de alcanzar. Según el mismo informe, sería previsible una temperatura promedio entre 3° y 6° por arriba de la que se registraba en 2000, con todos los impactos sociales, económicos y ambientales que ello significa.

En esta búsqueda de energía limpia la Secretaría de Energía de México también  incluye a la tecnología nuclear como un recurso estratégico, anunciado en su Estrategia País 2024, que propone alcanzar un 35% de energías limpias para ese año.

Actualmente, México sólo cuenta con la central nuclear Laguna Verde, inaugurada en Veracruz en 1990 y administrada por la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Pero en abril de 2012 se anunció un convenio tecnológico de tres años con la Unión Europea para el tratamiento de desechos nucleares.Todo indica que es la antesala de nuevas centrales, las que se ubicarían en las zonas de Veracruz, Sonora y Tamaulipas, que ya cuentan con análisis geológicos favorables, principalmente por su cercanía con el mar.

Si lo nuclear es el camino para evitar el calentamiento global, Argentina, Brasil y México están listos para recorrerlo.