Como todo amor, el amor al poder es ciego. Particularmente al ridículo. En estos días, en Italia, el alcalde del pequeño poblado de Filletino –Luca Sellari– estampó su rostro en el “Fiorito”, moneda que inventó como parte del proceso independentista de la localidad. Los 450 habitantes de Filletino se encuentran angustiados por la noticia de que tendrán que fusionarse con el municipio de Trevi, a 10 kilómetros de distancia. Ello por efecto del plan de ajuste anunciado por el gobierno de Silvio Berlusconi para ahorrar gastos administrativos.

La anécdota del “Fiorito” habla de la tentación del “sálvese quien pueda” que está en la mente de muchos ciudadanos y policy makers europeos. También muestra cómo la unidad monetaria empieza a crujir en medio de la parálisis económica.

La gravedad de la situación la demuestran dos señales: en la segunda quincena del mes, el Banco de China anunció que había detenido sus operaciones de futuros y swaps de monedas con los bancos franceses SocGen, BNP Paribas y Credit Agricole. ¿La razón? Se teme que no resistan el default griego. Con pocas horas de diferencia, Standard & Poor’s rebajó la deuda italiana al mismo nivel que la de Malta.

Con el mundo en vilo, Latinoamérica vuelve a aparecer como un oasis de crecimiento y consumo. Sin embargo, dos circunstancias hacen diferencia con 2008: la situación fiscal de varios países ya no es tan sólida como lo era entonces, y China quiere reducir su crecimiento.

La región. “El mundo le presenta a Latinoamérica dos escenarios. Los dos malos, aunque uno es peor que el otro”, dice Liliana Rojas Suárez, economista y presidenta del Comité Latinoamericano de Asuntos Financieros, en Washington. En el primero, si el sistema bancario en Europa no hace default y no hay quiebras, se mantiene la situación actual de baja demanda agregada mundial. En tal caso “América latina se seguirá beneficiando, pues su crédito seguirá creciendo muy rápido y al sistema bancario le va a ir muy bien, porque está súper capitalizado”.

Pero es el más improbable. En el segundo Europa explota, y los países de la región se dividirían según “el grado de exposición a la crisis internacional y su capacidad para aplicar medidas para enfrentar el shock”. El impacto inmediato sería mayor en aquellos con mayor apertura comercial y, especialmente, mayor apertura financiera. “Son los que sufrirán más de los cortes de líneas financieras que financian actividades como el comercio exterior”, dice Rojas Suárez, dado que el comercio se financia con el mercado de capitales.

Un colapso europeo, más allá de la supervivencia del euro, haría caer la demanda de importaciones de la eurozona y, luego del shock inicial, aumentaría la oferta de sus exportaciones baratas.

Para Michael Pettis, asociado sénior del Carnegie Endowment for International Peace y profesor de finanzas en la Guanghua School of Management de la Universidad de Pekín, el impacto en la región “podría ocurrir muy rápidamente, especialmente si es acompañado por una fuga de capitales”. Y el rol que jugará el comercio será inmenso, con un cambio de signo de los saldos positivos y negativos por región y país. Algo no menor cuando muchos países ya enfrentan una baja demanda y alto desempleo. Pettis vislumbra un escenario de guerra de trincheras, con un dramático incremento del intervencionismo comercial y cambiario. “En los hechos, eso ya está ocurriendo”, dice.

Brasil ha sido el país que más ha actuado. La sorpresiva baja de sus tasas de interés todavía provoca controversia, pero no debiera ocultar el hecho de que Dilma tiene menos herramientas que Lula en 2008. Rojas Suárez afirma que en ese entonces la región hizo lo correcto: aumentó sus déficits y bajó las tasas de interés. “Luego empezó a subir las tasas de interés para normalizar y empezó a ajustar el déficit fiscal”, recapitula. La diferencia está en que algunos “lo hicieron rápido y bien, como Perú y Chile, pero otros se demoraron mucho”. Entre estos últimos destacan Brasil y Colombia, a los que el recrudecimiento actual de la crisis los encuentra con déficits fiscales importantes. “Su capacidad de hacer política contracíclica ha disminuido”, dice la economista.

El caso de Argentina es singular debido a su aislamiento financiero. “El país está en una situación distinta a Brasil y a como lo estuvo en la década de los 90: ahora está más expuesto en el plano de la economía real que al plano financiero”, dice Victoria Giarrizo, del CERX (Centro de Estudios de Economía Regional y Experimental).

Giarrizo cree que Argentina está en una situación más ajustada. A su favor está la pesificación de las deudas, y en el plano de la incertidumbre, su relación comercial con Brasil. En particular por la gran tracción que tiene sobre la economía local la industria automotriz, muy dependiente del mercado brasileño. “Se pueden esperar, por ese lado, menos tasas de crecimiento”, dice Giarrizo.

¿Podrá mantener Brasil la capacidad estatal para seguir fogueando un crecimiento? Pettis cree que es una política que necesita mucha sintonía fina: “En todos los casos anteriores de una inversión altamente centralizada que impulsa un crecimiento calificado de “milagro” –Brasil, por supuesto, pero también de Japón en la década de 1980, la URSS en los años 1950 y 1960, Alemania en la década de 1930, y así sucesivamente– un largo período de rápido crecimiento ha sido seguido por una crisis de la deuda. Éste es el riesgo para Brasil”.

Cambios globales. Para el también argentino Alejandro Horowicz, “no importa sólo a quien golpea, sino la intensidad”. Horowicz es profesor de la cátedra “Los cambios en el sistema político mundial” en la Universidad de Buenos Aires, y es del bando de los pesimistas. Arguye que la crisis no cesa de agravarse porque tanto en EE.UU. como en Europa las respuestas “están capturadas por la concepción financiera que pone a los sistemas económicos nacionales al servicio de la rentabilidad bancaria”. En el caso de Europa “todavía no se ha destruido el capital constante. Si nacionalizaran los bancos la crisis se terminó. ¿Plantea esto alguien? Casi nadie”. A su juicio es porque “no se percibe que el problema central es la actividad económica, no la deuda: hay que pagar la deuda según el crecimiento real de la economía. No al revés”.

Se trata de un cambio de etapa histórica, coincide Pettis. “Nos encontramos ante el fin de uno de los seis o más ciclos de globalización que han ocurrido en los dos siglos pasados”. En su libro “Las nuevas potencias mundiales” el economista francés Alexander Kateb sostiene algo similar: “Eso que se llamó el momento occidental se está acabando gracias al avance de China”. No obstante, los BRIC no pueden hacer demasiado por ahora. “China no tiene fuerza suficiente para impedir esta crisis”, dice Horowicz.

Pettis, por su parte, estima que nos enfrentamos a un escenario en el cual la resolución de los desequilibrios económicos planetarios es un proceso que se verá impulsado por “una contracción en la liquidez global, un fuerte aumento de las primas de riesgo, un desapalancamiento sustancial y una fuerte contracción en el comercio internacional”. A buen entendedor...