Si se exceptúa a funcionarios de los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Nicaragua, pocos critican más al presidente Barack Obama que los empresarios latinoamericanos. Se trate del TLC en suspenso con Colombia, de las barreras al etanol brasileño, o de la permisividad con que Washington acepta que los narcos mexicanos se abastezcan abiertamente de armas en EE.UU., los motivos de queja no faltan.

Debido a ello, la gira de cinco días en que el mandatario visitará Brasil, Chile y El Salvador, este mes, genera sentimientos encontrados. Para algunos será poco más que protocolo y promesas vacías. Para otros podría ponerse en marcha un corrimiento tectónico suave, pero de largo plazo, con el que el país del norte impulsará puntos clave de su agenda.

“Las agendas internas de EE.UU. y Brasil son hoy bastante convergentes”, dice Paulo Sotero, titular del Brazil Institute del Woodrow Wilson International Center. Se trata de “cómo controlar la deuda pública, cómo invertir mejor el dinero público, cómo mejorar la educación, la innovación y la infraestructura. Guardando las proporciones, son exactamente los mismos”.

No todo, sin embargo, es armonía. En la capital estadounidense hay dudas acerca de cuán vigoroso es el alejamiento de Dilma respecto de Irán. “Ha hablado a favor de los derechos humanos, sí, pero nada más. ¿Se aleja realmente? En toda la crisis del Medio Oriente, ella ha estado en silencio”, dice una fuente cercana al gobierno en Washington. Preocupa, igualmente, “cierto nacionalismo brasileño que rechaza tomar más medidas asegurando que no tendrá armas nucleares”, dice la misma fuente. Una opción win-win sería que EE.UU. acuerde la transferencia de un paquete tecnológico muy sofisticado de esta energía a cambio de que “Brasil sea el abogado más fuerte de la no proliferación”.

Un tira y afloja menor, pero no irrisorio, es el deseo brasileño de transferencia tecnológica militar por la compra eventual de cazabombarderos F-18. El subsecretario de Defensa de EE.UU., Frank Mora, la ha aceptado, diciendo al Senado que será “una transferencia importante de tecnología”. Las discrepancias de los dos países están en el sentido de la palabra “importante”. Brasil quiere que signifique “suficiente” para poder construir en el futuro inmediato sus propios aviones de este tipo. Para EE.UU, es todo lo contrario.

Agenda, ¿cuál agenda?

Si a lo anterior agregamos la modernización de las fuerzas armadas brasileñas, los temas de cooperación energética y la posible participación empresarial estadounidense en los proyectos inmobiliarios vinculados a las Olimpiadas, se corre el peligro de que el vigoroso árbol de la agenda brasileña aplaste al raquítico bosque de la agenda regional

¿Pero acaso hay una agenda regional? Juan Toklatián, experto de Relaciones Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella en Buenos Aires, recuerda la afirmación del ahora ex presidente Lula de que, desde que asumió Obama, no ha pasado nada en la relación entre EE.UU. y América Latina. “Mostraba una insatisfacción que también se ha sentido en toda la región”, dice. Para el experto, a nivel regional, la gira de Obama puede ser entendida también como una manera “de formalizar un diálogo más maduro: volver a una presencia del Departamento de Estado y no tanto del Departamento de Defensa, como ha sido hasta ahora”. En los hechos, desde Washington, lo que hay realmente es una agenda bastante acotada, como un viaje preliminar para mostrar que existe una voluntad de atención. Ésa es la buena noticia. La mala son dos: “Hay asuntos delicados de los que Obama no quiere hablar”, dice Toklatián. Y, por diversas razones, ni Brasil, ni Chile, ni El Salvador se los van a plantear.

Un par que tienen un perfil muy bajo, pero pueden resultar muy influyentes para todos los países en el largo plazo. El primero es esta exigencia de Washington de que desdibuje la separación entre lo policial y lo militar en la lucha contra amenazas delictuales internacionales como el narcotráfico. Argentina, Chile y Brasil son los países que se han venido resistiendo arduamente a esta idea.

Washington la promueve desde la sede El Salvador de la ILEA (International Law Enforcement Academy). Según Toklatián, los tres países sólo envían gente a un curso: el Programa de Desarrollo Gerencial. Perú, en cambio, ha puesto a disposición de la entidad un Centro Regional de Entrenamiento en La Molina, en las afueras de Lima.

El canciller argentino, Héctor Timerman, en medio de una polémica vinculada a un avión militar de EE.UU. que no declaró parte del armamento y drogas que ingresaba en Buenos Aires para un curso policial, la llamó “la sucesora de la Escuela de las Américas”. Una comparación exagerada, según Toklatián: “No es un lugar oprobioso, pero sí uno en donde se da formación en la mirada policial-militar sobre el narcotráfico que, en los casos en que se ha aplicado, las cosas siguen empeorando, lo que muestra su inefectividad”.

El segundo tema se refiere a la pretensión regional de modernizar el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) y la Junta Interamericana de Defensa. “Washington quiere innovar lo menos posible. No sabe qué caja de Pandora se puede abrir si se decreta que la Junta es un elefante del pasado”, dice el experto. De hecho ambas entidades son el sostén formal que justifica la propia existencia del Comando Sur de las Fuerzas Armadas estadounidenses.

La boca de Dilma

En un ángulo muy distinto se colocará Obama para hablar de negocios. La visita del presidente sin duda “es un intento de mostrar interés en la región, la cual, debido a la lejanía de EE.UU., se está acercando, sobre todo en términos de economía y comercio, a China”, dice Rubens Barbosa, ex embajador en Washington desde 1999 a 2004, quien es también presidente del Consejo Superior de Comercio Exterior de la poderosa FIESP, la federación de industriales de São Paulo. “Creo que América del Sur va a ser un proveedor importante de productos estratégicos para la economía de EE.UU”.

Pero aquí, nuevamente, el tamaño de Brasil conspira. Es tan grande que puede querer hablar sólo por sí mismo. Hoy es el 60% de la economía de América del Sur y puede llegar a ser el 70% en 10 años, si la tendencia actual continúa.

Sotero no cree que haya contradicción: “El reto para Brasil es ¿cómo lograr que su poder regional sea reconocido como liderazgo regional? Eso se logra mediante la cooperación para que la prosperidad sea compartida”. Así, El Salvador, por demasiado pequeño y aproblemado, y Chile, por demasiado orgulloso (y algo ingenuo) respecto de sus diferencias con el resto, no pueden ni quieren hablar por toda Latinoamérica frente a EE.UU. Estamos en manos de la boca de Dilma.