La puntualidad no se cuenta entre las bondades de Alberto Samid. Y eso que se mueve en un automóvil de alta gama de color negro. Cuando llega al mercado de Cañuelas, en las afueras de Buenos Aires, hay gente que sale a su encuentro para saludarlo afectuosamente. Él responde como si fuera candidato a algo. Es viernes y viene hasta acá para pagar a algunos proveedores. Pide que le preparen un mate y toma asiento dando la espalda a la mercadería almacenada. “La vida es muy rápida”, dice. “Ayer tenía 30 años y hoy 66”.

Samid se hizo famoso por ganar dos veces la lotería nacional y por recibir un diploma de la Asociación Argentina de Ajedrez al ser el único argentino que salió invicto tras partidas simultáneas nada menos que contra los ex campeones del mundo Gary Kasparov y Anatoly Karpov. En su currículum figura también haber sido candidato al cargo de intendente de la comuna de La Matanza y haber abierto la primera sucursal de su carnicería en la capital federal, en pleno conflicto entre los agricultores argentinos y el primer gobierno de Cristina Fernández. 

Justo después de la devaluación decretada por el gobierno, a finales de enero de este año, fue nombrado vicepresidente del Mercado Central, que opera como una administración tripartita entre el gobierno nacional, la provincia de Buenos Aires y el gobierno de la ciudad. Samid fue elegido en ese puesto por el gobernador Scioli para, como él mismo dice, llevar el Mercado Central a la mayor cantidad de lugares, con el fin de potenciarlo “como una herramienta para combatir la inflación y el alza especulativa de los precios”.

En tres meses el empresario de los precios bajos ya ha instalado sucursales del mercado en Cañuelas, en Liniers, en Bragado, en La Plata y en Tecnópolis. A menudo habla de la especulación de los precios que hacen las cadenas de supermercados extranjeras, como Carrefour, Cencosud en cualquiera de sus versiones (Disco, Vea, Jumbo) y Walmart. A éstas él antepone una cadena de producción que va desde los campos donde pastan las vacas al punto de venta, pasando por los frigoríficos para abastecer de carne al conurbano bonaerense a precios bajos. 

Samid es además una figura pública: va a los programas de televisión y se pelea con los detractores del gobierno; de ser necesario abandona el set. Es un peronista del alma. Pocos como él encarnan mejor el eslogan “nacional y popular”.

Toda la cadena

Por las mañanas, a partir de las 11, Samid recibe a sus proveedores en las oficinas administrativas en el quinto piso del Mercado Central, en La Matanza. Lo hace rodeado de un séquito de personas, como en una escena de El padrino o Carlito’s way. La puerta de acceso a su oficina tiene pegado un cartelito en donde se lee: “Clarín miente. Comunidad Mercado Central”.

Por la tarde, a partir de las seis, Samid se traslada a Cañuelas, a una hora de capital. Ahí partió con un local llamado El Rey de la Lonja. “Yo vendía la carne a mitad de precio y veía cómo los otros cobraban de más”, empieza diciendo. Luce algo cansado de contar la misma historia.

En el fondo, de ser una carnicería y frigorífico, el Rey de la Lonja pasó a ser un supermercado con ofertas y precios bajos. Hoy se llama Mercado Central de Cañuelas y todavía luce algunos rastros de este pasado reciente: en un escaparate hay un cartelito donde se lee “Si no te sentís bien atendido, llamalo al Rey de la Lonja”. 

La gente que trabaja con él define a Samid como “buena persona”, “laburante”, “humilde”. Cuenta uno de estos trabajadores que los fines de semana regala hamburguesas y choripanes a los niños; no los prepara él, sólo abre el pan, porque “él tiene su propio cocinero”. Otro cuenta que un día una señora le llevó una carta porque tenía que mandar a su nieto enfermo a China, “y él la recibió en su oficina y prometió ayudarla”.

No se siente cómodo cuando se le menciona a Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires y uno de los candidatos presidenciales más fuertes para las elecciones del próximo año. En un breve exabrupto aclara que él no es amigo del gobernador, sino de Daniel Scioli; separa al político del amigo que conoció en un club de Ramos Mejía, un distrito comercial en la comuna de La Matanza, en el Noreste de Buenos Aires. Scioli jugaba allí tenis, mientras que Samid y y su hermano jugaban al fútbol. “Cuando había líos, nosotros lo salíamos a defender, pero no porque fuéramos buenos, sino porque nos gustaban las piñas [golpes]”, recuerda. 

Resulta difícil imaginar a este rollizo empresario practicando fútbol; más aún enfrentando a Karpov y a Kasparov. “Toda mi vida jugué ajedrez”, aclara. Luego de recordar el diploma que le dio la Asociación Argentina de Ajedrez, cuenta que con Scioli “siempre jugamos” y que se van “mano a mano”, es decir, a veces gana uno y a veces el otro.

Peronismo puro

Como se sabe, el peronismo es un fenómeno enigmático fuera de Argentina: puede ser de la Triple A, de derecha, de centro, de izquierda, montonero, neoliberal, antineoliberal. Imaginar qué clase de peronista es Alberto Samid no es fácil. “Yo soy militante peronista”, advierte ante la pregunta de por qué apoya al gobierno de Cristina Fernández, y enseguida agrega: “Siempre hay disidentes en todos los partidos grandes”. 

Evalúa bien a otro presidenciable, el diputado nacional Sergio Massa, un peronista disidente y que según las encuestas peleará mano a mano con Scioli las próximas elecciones: “Tiene muchas condiciones, pero aún le falta una etapa más de maduración”. Da la impresión de que a todo peronista le encontrara una virtud. Aunque a la hora de analizar las virtudes de Scioli, se nota su preferencia y admiración: “Es un muy buen candidato, pasó muchas tormentas, es muy dialoguista, tiene mucho conocimiento de la realidad internacional, está muy preparado”.

De más está decir que Alberto Samid es un empresario atípico en Argentina. De ahí que no se alinee con la resolución que sacó hace unos meses el Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA) que señalaba que el Estado no debía intervenir en la economía. Para Samid es justo lo contrario: “Lo que tiene que hacer el Estado es meterse en la economía, si no para qué está”.

Ya ha anochecido y el ajedrecista “imbatible” anuncia que tiene que continuar con sus actividades. En medio de la vorágine, incluso firma un cheque, y luego, como pensando en otra cosa, mira desprevenidamente hacia su supermercado, que permanecerá abierto una hora más. Mañana ya estará de vuelta regalando “choris” y hamburguesas a los niños, se tomará fotos sin dejar de sonreír, y mientras haga eso, sentirá que la vida es muy rápida, que ayer tenía 30, hoy 66 y mañana quién sabe.