Si de pobreza e indigencia se trata, Latinoamérica puede contar una historia de éxito en los últimos 10 años. Los niveles de carencia originales eran tan elevados que todavía hoy, en cifras a 2012, un 28,2% de la población de América Latina sigue siendo pobre; en tanto que la indigencia, o pobreza extrema, llega a 11,3%. En números concretos, lo anterior significa que 164 millones de personas son pobres y 66 millones son pobres extremos. Es lo que muestran las cifras del informe Panorama Social de América Latina, que Cepal dio a conocer en diciembre pasado. El trabajo no es complaciente: la región parece haber llegado al límite en el descenso acelerado al estilo de Perú (y que naciones como Paraguay y Nicaragua nunca han podido implementar).

La investigación afirma que “la pobreza extrema se mantuvo sin cambios apreciables, ya que el valor observado en 2012 es apenas 0,3 punto porcentual inferior al de 2011 (11,6%)”. Así, “el número de personas pobres decreció en aproximadamente 6 millones en 2012, mientras que el número de personas indigentes prácticamente se mantuvo constante”. Incluso, lo que ocurre en México puede ser visto como una señal de alerta. Allí “los indicadores de pobreza aumentaron, pero las variaciones son de pequeña magnitud (del 36,3% al 37,1% en el caso de la pobreza y del 13,3% al 14,2% en el caso de la pobreza extrema”.

La pregunta obligada es cómo seguir luchando contra la pobreza. Para la Cepal es necesario usar nuevas herramientas estadísticas para lograr una medición “ampliada”. Al hacerlo, aparece que “las carencias en vivienda (hacinamiento y pobreza de materiales) y energía (carencias en electricidad y combustible para cocinar) tienen mayor peso relativo en los países donde se registran las mayores incidencias de pobreza. En cambio, es mayor el peso relativo de las carencias en educación (no asistencia de los niños a la escuela y bajo logro educativo de los adultos) en los países donde la incidencia de pobreza es inferior al 50%”.

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