Cuando no estaba recibiendo elogios perplejos de Le Corbusier, diseñando ciudades como Brasilia o dejando a sus amigos en autos colgados en medio del aire, el brasileño Oscar Niemeyer, amado por su arquitectura de curvas de concreto, dibujaba. O exploraba las posibilidades de la litografia y la serigrafia. Su muerte apenas a días de cumplir 105 años, en diciembre pasado, está haciendo que muchos que no lograron que les construyese una casa, la sede de la empresa o un museo, comiencen a considerar tener “un Niemeyer” puertas adentro. Al menos es la expectativa que moviliza a la marchand Soraia Cals, en Río de Janeiro. No es un delirio. Ya ocurrió antes con otro brasileño clase mundial, Roberto Burle Marx, quien –además de de reconocido paisajista– era pintor. “En 2003, vendí un cuadro de él por US$ 2.879. Hoy  vale US$ 120.000”, cuenta.

En el caso de Niemeyer, una buena parte de su acervo como artista plástico fue subastada en octubre pasado. La venta de las 125 piezas rindió alrededor de US$ 720.000. La galería de Soraia tiene actualmente cerca de diez piezas del arquitecto. La de menor valor, una serigrafía, se oferta US$ 580, y la más cara (un dibujo original) está disponible en US$ 11.000. La galerista cree que están más que baratos: “La tendencia es que la demanda crezca y los precios suban”. ¿Por qué? “Momentos como los que vivimos ahora, después de la muerte de un artista, sirven para que haya una reflexión sobre su producción y su importancia. Por eso, el interés aumenta”.