Es probable que usted nunca haya oído del hexano, pero lo seguro es que los productores de soja argentinos no quieren volver a escuchar esa palabra en su vida. Y es que unas partidas de aceite de soja enviadas en abril pasado a China habrían tenido altos niveles de este solvente utilizado en su proceso de elaboración. El hexano es potencialmente cancerígeno, por lo que las autoridades chinas decidieron prohibir las de aceite de soja desde Argentina. La situación es grave: los chinos compraron 1,9 millón de toneladas (US$ 1.400 millones) aceite de soja en 2009, el 40% de la exportación total argentina de este producto. Tan grave que Cristina Fernández, presidenta del país sudamericano, partió rauda a China en julio pasado, en la primera visita oficial de un presidente de ese país desde 2004, a resolver el problema. Los chinos, muy en su estilo, bajaron el perfil al problema y señalaron que se “trata de una disputa normal entre dos países cuyas relaciones comerciales van al alza”, de acuerdo a Qin Gang, una vocera del Ministerio de Relaciones Exteriores chino. “Creo que mientras los dos países sigan el espíritu de cooperación y beneficios mutuos, se resolverá la situación”, dice, negando una represalia por las medidas proteccionistas adoptadas por Argentina. De hecho, el conflicto bajó de nivel ante los anuncios de China de que invertiría US$10.000 millones en el sistema ferroviario argentino, un cuarto de lo cual se destinará a modernizar la infraestructura actual. Claro, el desarrollo de este proyecto ayuda también a China, que busca desarrollar tecnología ferroviaria de alta tecnología a la vez que busca agresivamente nuevos mercados para ella. No obstante, los chinos ya están empezando a hacer pedidos de aceite de soja a Brasil e incrementando su producción local para suplir su demanda interna, sin que el conflicto sojero encuentre solución en el corto plazo.