La combinación ha demostrado ser un éxito: lujo inglés, dueño alemán, comprador chino. Lo que la hace más llamativa es que tiene lugar en una economía planetaria que se debate entre volver a crecer o hundirse. O quizás eso sea un ingrediente no menor del éxito. Como decía el afamado economista John Kenneth Galbraith: es en los tiempos difíciles cuando los opulentos se vuelven más vanidosos. Vanidad o no, lo cierto es que Rolls-Royce y Bentley viven días de gloria. El primero vendió 3.538 autos en 2011, en tanto que el segundo tuvo más de 7.000 compradores. En el caso de los vehículos con la mujer alada en el capó, los responsables del éxito fueron los consumidores de Asia-Pacífico (47% arriba de 2010) y Medio Oriente (23% más). Aunque Norteamérica no lo hizo mal: las ventas fueron 17% mayores. Bentley, por su parte, duplicó sus ventas en China. Su bonanza es tal que -con 800 ingenieros en su planta- inició una campaña en escuelas para promover que más jóvenes estudien ingeniería.

El suceso se alimenta del aprendizaje del fracaso de la relación entre Rover y BMW. Esta última es la dueña ahora de Rolls-Royce, en tanto que Bentley es controlada por Volkswagen. Torsten Müller-Ötvös, el encargado alemán de Rolls-Royce, ha dicho que parte de la clave está en su desarrollo de una red propia de ventas. Con ella “nos estamos moviendo hacia nuevos mercados como Sudamérica”, en tanto que “tenemos planes para desarrollar nuestro rango de productos”. ¿Hay un mini-Rolls en el futuro? No estaría mal ahora que Mini (también británica y también en manos de BMW) anunció que cambiará la bomba de agua eléctrica a todos los modelos Cooper y John Cooper Works, de entre 2006 a 2011: tiende a facilitar que se incendie el vehículo. Todo quedará en familia.