“Nuestro pueblo cayó en manos de ladrones que lo despojaron de todo y se fueron dejándolo medio muerto”, afirmó Jorge Mario Bergoglio en una homilía transmitida por televisión meses antes que cayera el gobierno de Fernando de la Rúa, en 2001. Un mes después de estallada aquella crisis criticó el “despilfarro de los dineros del pueblo, liberalismo extremo mediante la tiranía del mercado”, señalando al modelo como “un terrorismo económico-financiero que provocó efectos fácilmente visibles, como el aumento de los ricos, el aumento de los pobres y la drástica destrucción de la clase media”. Y más adelante se refirió a “la deuda externa que aumenta cada día más y nos dificulta crecer” y apoyó públicamente el proceso de la primera reestructuración de la deuda en 2005.

Ahora, el ex presidente Eduardo Duhalde (el político peronista que se hizo cargo de aquella sartén ardiente), en una columna en el diario La Nación, recordó orgulloso su participación para salir de la crisis de 2001. Según él, Bergoglio fue uno de “los más resueltos promotores” de lo que se conoció como Diálogo Argentino, instancia en la que participaron funcionarios de gobierno y del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en busca de idear soluciones transitorias y de largo plazo para la crisis: “Pese a las dificultades que encontramos para su implementación, la medida más impactante fue el lanzamiento del Plan Jefes y Jefas de Hogar sin ingresos, que en poco tiempo llegó con un pedazo de pan a los más postergados”. Por ello, Duhalde no dudó en calificar al ahora Papa como un ser “completamente identificado con la causa de la justicia social”.

Así, cuando Bergoglio dice que quiere ser el “Papa de los pobres, de los necesitados”, no está revelando algo nuevo. Ya cuando, el también peronista, Néstor Kirchner asumía la presidencia en mayo de 2003, el entonces cardenal se enfocaba en la fragilidad de los más postergados: “Se inicia hoy una nueva etapa en nuestra patria signada muy profundamente por la fragilidad: fragilidad de nuestros hermanos más pobres y excluidos”. Podría interpretarse que el purpurado miraba entusiasta ese nuevo proyecto que empezaba, o tal vez veía señales concretas de que Argentina salía del pozo. Al menos en lo económico, ya que años después derivó en una de las figuras informales de la oposición: para la discusión del matrimonio igualitario en 2010, Bergoglio fue el detractor más ilustre.

La verdad es que el nuevo papa es un devoto de la doctrina social de la Iglesia, que de neoliberal tiene poco. En octubre de 2011, a nombre del Vaticano, hizo una dura crítica contra las políticas de ajuste que se comenzaban a aplicar en los países europeos en crisis. “El FMI ha perdido su capacidad de garantizar la estabilidad financiera global”, escribió. Agregando que “el liberalismo económico sin reglas y sin controles es una de las causas de la actual crisis económica” al crear “mercados financieros fundamentalmente especulativos, dañinos para la economía real, especialmente en los países débiles”.

Quizá por esto en Buenos Aires aparecieron afiches repartidos por las calles donde se leía: “Francisco I: argentino y peronista”. Ahora, habrá que ver si manejando las finanzas vaticanas, con estas ideas puede sanear su siempre oscuro y frágil sistema financiero.