El 19 de septiembre, el National Bureau of Economic Research (NBER) de Estados Unidos determinó que la recesión estadounidense empezó en diciembre de 2007 y terminó en junio de 2009.

No, no es broma. La agencia de estadísticas económicas es el árbitro oficial de cuándo empiezan y terminan las recesiones en ese país.

Las cifras podrán decir eso, pero eso no importa mucho si la gente opina lo contrario. Y bien lo sabía el presidente de la Reserva Federal (Fed), Ben Bernanke, cuando tres semanas antes se lavó las manos sobre el futuro de la economía estadounidense al decirles a sus compatriotas que la recuperación “está en manos de ustedes”.

Su mensaje era claro: los estadounidenses tienen que consumir más y las empresas tienen que invertir, contratar nuevos empleados. Con las tasas de interés casi en cero, no es mucho lo que la Fed puede hacer para estimular la economía. Y el gobierno de Barack Obama, luego de gastar US$ 800.000 millones en paquetes de estímulo para poner en marcha el anunciado “verano de la recuperación”, ya casi no tiene margen de maniobra.

“Estados Unidos se ha quedado sin balas”, resumió días más tarde Nouriel Roubini, el economista de la Universidad de Nueva York que predijo con más de un año de anticipación la crisis económica global de 2008.

Los consumidores no se han lanzado a consumir y las empresas no están contratando. Y el comportamiento de ambos siembra dudas sobre la inteligencia de la Casa Blanca al apresurarse a bautizar el trimestre junio-septiembre de este año como el “verano de la recuperación”.

El consumo está creciendo a una escuálida tasa de 1%, lo que atemoriza a las empresas que producen bienes y servicios de consumo. Y el miedo las vuelve cautelosas a la hora de invertir o contratar, a pesar de que sus utilidades han crecido sostenidamente en los últimos 12 meses y están ahora en los niveles de 2006.

La Casa Blanca se apresuró en anunciar el “verano de la recuperación”.

Según datos de la Fed, las 500 mayores empresas no financieras de EE.UU. tienen hoy una liquidez de US$ 1,8 billón (millón de millones), la mayor cantidad de dinero que han tenido en la historia, y sus ganancias llegaron en el último trimestre a US$ 1,6 billón. Pero muchas de ellas no están invirtiendo. Y aquellas que sí lo hacen, asignan el dinero a modernizar su infraestructura o a automatizar sus procesos a fin de volverse más eficientes; o han decidido, como IBM, Intel y Hewlett-Packard, lanzarse a la piscina de las fusiones y adquisiciones, comprando empresas competidoras o abastecedoras. Ambas formas de inversión pueden ser recomendables para el largo plazo, pero uno de sus efectos inmediatos es que impactan negativamente en el empleo.

A fines de agosto había casi 15 millones de desempleados en Estados Unidos, lo cual equivale a una desocupación de 9,6%, una tasa a la que los estadounidenses no estaban acostumbrados en las últimas décadas. La recuperación de este índice en el “verano de la recuperación” ha sido anémica, situación que atemoriza a los consumidores. Y el miedo los vuelve cautelosos a la hora de consumir.

No en vano los medios de comunicación han acuñado una frase que a comienzos del verano del hemisferio norte nadie conocía, pero que al comenzar los fríos de septiembre está en boca de todos: el double dip, literalmente doble declinación, concepto que en español se ha traducido como “recesión en W”: una primera caída del producto, seguida de una recuperación y luego una segunda caída.

Tengan miedo. El riesgo de una recesión del tipo W es real, enfatizó Robert J. Schiller, economista de la Universidad de Yale, en una reciente columna en The New York Times. ¿Por qué? Porque el miedo de que vaya a producirse puede causar que se produzca. No es algo que pueda cuantificarse usando modelos estadísticos, agrega, porque el peligro proviene de la debilidad de la confianza, no de lo que indican las cifras.

Una declinación unánime en la confianza, explica Schiller, puede traer una segunda gran caída en los mercados bursátiles y desincentivar el consumo, la inversión y el gasto de los gobiernos locales, con el consiguiente impacto en el empleo. “En definitiva”, concluye, “el riesgo reside en la psicología social”. O, usando la famosa frase del ex presidente Franklin Delano Roosevelt, “no tenemos nada que temer salvo el miedo al miedo mismo”.

Roosevelt pronunció esa frase al asumir la presidencia en 1933, y se refería al temor de que se prolongara la Gran Depresión que se desencadenó a partir del colapso de Wall Street en 1929. Afortunadamente para Roosevelt, los estadounidenses le tuvieron confianza. Pero así y todo, su paquete de estímulo económico (el famoso New Deal) tardó 10 años en dar resultados y le significó al gobierno gastar US$ 500.000 millones (en dólares de hoy).

En un año, el gobierno de Obama ha gastado en paquetes de estímulo US$ 800.000 millones, 60% más de lo que gastó en 10 años el gobierno de Roosevelt. Y la actual Casa Blanca enfrentaba una crisis económica bastante menor que la Gran Depresión de los años 30. ¿Cómo explicar entonces que la recuperación no se haya producido?

Cuando Roubini dijo a comienzos de septiembre, desde las riberas del lago Como en Italia, que la probabilidad de una recesión en W en Estados Unidos era de 40%, los que tenían miedo leyeron (o quisieron leer) 100%. “Incluso si técnicamente no llega a ser una recesión”, agregó Roubini, martillando un clavo más en el ataúd, “se va a sentir como si lo fuera”.

“El estándar de vida de los norteamericanos tendrá que empeorar”, sentenció Hans-Werner Sinn, presidente del IFO Institute de Alemania y otro invitado estelar al Foro del lago Como.

Estados Unidos pronto gastará más dinero en servir su deuda que en proporcionar seguridad a sus ciudadanos, agregó un tercer conferencista, el economista de la Universidad de Harvard Niall Ferguson.

Los tres estaban diciendo lo mismo: hoy mal, mañana peor.

La voz de la calle recoge con rapidez los pronósticos agoreros, dice Chad Rose, vicepresidente de ventas y desarrollo de productos en la empresa de marketing de contenidos McMurry, porque son mucho más poderosos que los datos y la lógica. “Cuanto más hable la gente de una recesión en W, más artículos sobre el tema aparecerán en los medios de comunicación, causando que más gente hable de una recesión en W y crea que se va a producir. Entonces, más y más, las acciones de toda esa gente harán que la recesión en W se produzca”.

Es prácticamente la definición de una profecía autocumplida. Y, en este caso, se suma la complicación adicional de que gran parte de los empresarios, en su mayoría republicanos, no tiene confianza ni quiere tenerla en el gobierno de Obama, por mucho que haya salvado a General Motors.

“Estamos en una era diferente, nuestras decisiones de contratación e inversión deben ser prudentes y reflejar esa realidad”, dijo hace poco el CEO de Siemens Industry, Daryl Dulaney, al Washington Post. “Vamos a tener que acostumbrarnos a una economía de crecimiento más lento”, agregó el CEO de Illinois Tool Works, David Speer. “Ése va a ser un ajuste grande para todos nosotros”.

Su cautela representa la posición de muchos empresarios, que no están contentos con Obama pero actúan de buena fe.

No todos son así. Un largo artículo publicado en agosto por la revista New Yorker pone el foco en los hermanos Charles y David Koch, cuya riqueza combinada de US$ 35.000 millones los convierte en la tercera mayor fortuna de Estados Unidos. Son dueños del conglomerado Koch Industries, la segunda mayor empresa de capitales privados del país (después de Cargill), con ingresos que se estiman en unos US$ 100.000 millones anuales. Koch Industries tiene refinerías de petróleo en Texas y Alaska, controla 6.000 kilómetros de oleoductos y es dueña de marcas y productos como Lycra, las toallas de papel Brawny, los platos y tazas de papel Dixie, la gigante maderera Georgia Pacific, las alfombras Stainmaster y muchos otros productos de la industria química y forestal.

El artículo, subtitulado “Los billonarios hermanos que están en guerra contra Obama”, detalla cómo los Koch están financiando desde movimientos de contestación popular como el Tea Party, hasta centros de investigación ultraconservadores como el Cato Institute. Desde think-tanks creados para producir estudios que nieguen el cambio climático hasta “organizaciones de base” como Americans for Prosperity o Citizens for a Sound Economy. A través de fundaciones o instituciones que los encubren, los Koch, dice el artículo, han dado más de US$ 100 millones a causas de derecha que, no casualmente, siempre terminan alineadas con los intereses de Koch Industries.

En esta cacofonía de voces, con un país cada vez más polarizado políticamente y miles de nuevas fuentes de información y de opinión naciendo cada día por obra y gracia de blogs, twitters y youtubes, no es raro que las predicciones de fin de mundo cundan en la cabeza de la gente. La frontera entre información y opinión, que nunca fue fácil de establecer, ha desaparecido totalmente. Y a estas alturas para muchos no hay diferencia entre verdad o mentira, realidad o ficción. Una reciente encuesta Harris revela que la mayoría de los republicanos cree que Barack Obama es socialista y musulmán.

En ese contexto, no es difícil entender por qué la mayoría de los estadounidenses cree que la recesión no ha terminado.

“Debe surgir una nueva narrativa para que esto mejore”, dijo un comentarista de CNN el primer viernes de septiembre al dar a conocer nuevas cifras oficiales de desempleo, un poco mejores que lo que se esperaba.

La inmensa minoría. Jason Schommer, vicepresidente sénior en una oficina de corretaje de propiedades en los Hamptons, un exclusivo sector residencial de la costa de Long Island, explica que en su mercado, al atacar la recesión, no bajaron los precios de las casas sino que las ventas simplemente se detuvieron de un año para otro. “Estamos hablando del 1% más alto dentro del 1% más alto del mercado hipotecario”, dice, agregando que una casa mediana en los Hamptons vale hoy lo mismo que antes de la recesión: unos US$ 8 millones.

“Muchos clientes, asustados por la recesión, decidieron no comprar”, sigue Schommer, “y los que estaban vendiendo, en vez de bajar los precios, decidieron no vender”. El negocio se fue recuperando de a poco y las transacciones han llegado hoy casi al nivel que tenían antes de la recesión.

¿Recesión en W? “Aquí no se ha notado”, asegura Schommer. Quizá la nueva narrativa que buscaba el comentarista de CNN pueda hallarse en el estilo de vida de los ricos y famosos: imitando los hábitos de consumo hipotecario del 0,01% más rico de la población. O quizá en el certificado de defunción que firmó hace pocos días el NBER, estableciendo fuera de toda duda que la recesión murió en junio de 2009. QEPD.