La Ciudad de Buenos Aires quiere cambiar 90.000 de sus 125.000 faroles y luces públicas. No es que las bombillas, ampolletas o lamparitas de 400 y 250 watts se hayan quemado; es que el alcalde de la ciudad, Mauricio Macri, no quiere que se le queme la billetera. La idea es migrar a la tecnología LED que, según  voceros del municipio, habilitaría la reducción de 45% a 50% en el consumo eléctrico y de 25% a 30% en su mantenimiento.

De tomar las decisiones correctas tal vez se queden cortos. Para bien. El estudio (Ligh-ting the Clean Revolution: The Rise of LED Street Lighting and What it Means for Ci-ties), auspiciado por Philips Ligthning, analizó lo realizado por doce ciudades del planeta (incluyendo a Londres y  Nueva York), descubriendo que el uso de la tecnología puede llevar a ahorros de hasta 85%.

Sin embargo, el proceso partió con un tropiezo. Siguiendo una tradición tan vieja como ridícula, el pliego de condiciones para participar en la licitación de la empresa que llene a cabo el cambio lleva un título de casi 30 palabras. Pero eso sería cuestión de gustos gramáticos. Lo que provocó escozor fue que se hizo público el 3 de enero pasado y disponía de un plazo de apenas 18 días para presentar las ofertas. Algo apresurado. También que hubiese que demostrar que se habían instalado por lo menos 10.000 de ellas para calificar como participante. Esto último derivó en una solicitud de la Cámara local de Industria Electrónica y Luminotecnia, que se quejó de que tal condición impedía postular a las empresas argentinas. El municipio aceptó cambiar el proceso y establecer el 2 de este mes (marzo) como fecha de apertura de sobres, ante lo cual la cámara. Complacida, dijo que se había acordado usar este proyecto como “plataforma de desarrollo competitivo para la industria”. Hasta el próximo cortocircuito.