Hace tres días se registró una escaramuza más entre Irán y Estados Unidos, al haber sido derribado un dron  de EU por un misil de procedencia iraní dentro del área costera del Estrecho de Ormuz. Teherán argumentó que tal dron espía había violado su espacio aéreo, por lo que, aun cuando no pretende desatar una guerra, está obligado, dice, a responder a la afrenta. Por su parte, un vocero militar de EU negó que se hubiera cometido violación alguna. El presidente Trump tuiteó al respecto: “Irán cometió un grave error”, elevando aún más el nivel de las tensiones.

Lo más urgente es bajar de algún modo la tensión y la retórica belicista. La acumulación de fuerzas y pertrechos militares en la zona del Pérsico es susceptible de provocar accidentes que podrían encender la mecha de una conflagración cuyos alcances y daños serían ciertamente catastróficos.

El juego de las provocaciones mutuas no es nuevo. Si bien desde mayo del año pasado, Trump abandonó el acuerdo del G5+1, firmado con Teherán tres años atrás, reimponiendo fuertes sanciones primarias y secundarias a los iraníes, la confrontación entre los dos países no había llegado a los peligrosos extremos que se observan ahora. Ataques de agrupaciones proiraníes a buques tanque de distintas banderas en las aguas del golfo Pérsico; envío de un gigantesco portaaviones norteamericano a la zona acompañado de contingentes militares que el lunes pasado recibieron un refuerzo de mil soldados que se sumaron a los 7,500 ya desplegados ahí; advertencias del presidente iraní Hasán Rohani de que, aun cuando se mantiene apegado al cumplimiento del acuerdo de 2015, empezará a eludir algunos de los compromisos establecidos, en especial retomando acciones limitadas de enriquecimiento nuclear. Por último, está también la retórica inflamada de ambas partes, con la especial intervención en el lado estadunidense del secretario de Estado, Mike Pompeo, y del asesor de Seguridad, John Bolton, conocido por sus posiciones aventureras y guerreristas que se manifestaron desde la invasión de EU a Irak en 2003.

En EU, los muchos opositores internos a que su país se involucre en una nueva gran conflagración en el Oriente Medio temen que la administración intente hacer uso del Acta de Autorización de Guerra que data del 2001. Igualmente, denuncian que mucha de la movilización antiiraní ordenada desde la Casa Blanca probablemente tiene que ver con los objetivos electorales de Trump ahora que su campaña por la reelección ha iniciado. En cuanto a Irán, su segmento político y militar de línea dura parece estar bastante dispuesto a seguir el juego de las amenazas mutuas, calculando que no estallará una guerra total, y en el ínterin la opinión pública iraní se solidarizará con sus gobernantes ante las embestidas del bully Trump, lo cual resulta una artimaña muy eficiente por parte del alto mando nacional, al utilizar el patriotismo como elemento unificador y al mismo tiempo distractor de los daños sufridos por la población, a partir no sólo de la reimposición de las sanciones, sino también de la tiranía ejercida por el propio régimen.

Y a todo esto, hay que decir que, como mucho de lo que ocurre en torno a la Presidencia de Trump, también en este caso la fractura de las viejas alianzas está a la orden del día. Sus tradicionales socios dentro de la Unión Europea —Gran Bretaña, Francia y Alemania—, signatarios junto con EU, Rusia y China del acuerdo de 2015 con Irán, sostienen una postura diferente en cuanto al abordaje del tema iraní. Concuerdan en que el abandono del acuerdo por parte de Trump ha sido un error táctico y estratégico, ya que el mundo es mucho menos seguro, además de que se han visto obligados a recurrir a toda clase de medidas y subterfugios para sostener la vigencia de los compromisos acordados con Irán y para defender sus intereses lo mejor posible ante las sanciones secundarias que Trump les ha impuesto a fin de obligarlos a actuar como él pretende.

Lo más urgente es bajar de algún modo la tensión y la retórica belicista. La acumulación de fuerzas y pertrechos militares en la zona del Pérsico es susceptible de provocar accidentes que podrían encender la mecha de una conflagración cuyos alcances y daños serían ciertamente catastróficos. Según lo publicó ayer el New York Times, Trump aprobó ataques militares luego del derribo del dron, pero fue convencido por congresistas y funcionarios de seguridad de dar marcha atrás cuando sus barcos y aviones ya estaban en posición de emprender las acciones. Así de peligrosa fue la jornada.

*Esta columna fue publicada originalmente en Excélsior.com.mx