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Guatemala: la Familia al Centro, sí, pero de verdad
Vie, 16/05/2014 - 09:51

Martín Rodríguez Pellecer

Destruir la política en Guatemala
Martín Rodríguez Pellecer

Martín Rodríguez Pellecer (1982) es periodista y guatemalteco. Estudió Relaciones Internacionales (una licenciatura) en Guatemala y luego una maestría en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Autónoma de Madrid (España). Aprendió periodismo como reportero en Prensa Libre entre 2001 y 2007, desde la sección de cartas de los lectores hasta cubrir política e investigar corrupción. En 2007, ganó un premio de IPYS-Transparencia Internacional por el caso Pacur. Ha trabajado en think tanks (FRIDE, Flacso e ICEFI), aprendido varios idiomas, viajado por dos docenas de países, es catedrático en la URL y columnista de elPeriódico. Es director y fundador de Plaza Pública.

“Las personas que vienen de una familia unida tienen más posibilidades de ser prósperas que las que no”. Éste era uno de los argumentos de las organizaciones conservadoras que promovieron la Marcha por la Familia al Centro. Tienen razón. Y tendrían razón si afirmaran que las personas que se gradúan del Colegio Alemán tienen más posibilidades de ser prósperas que quienes se gradúan de una escuela pública en Guatemala.

Mi primera reacción al escucharles fue de incomprensión. Pero luego pensé que tal vez es sólo falta de empatía, pues aunque podamos tenernos afecto personal, siempre tendemos a pensar que quienes miran el mundo de otra manera política son tan distintos a nosotros. Por varios de los textos publicados sobre esta marcha, en especial de quienes siguen al Opus Dei, puedo reconocer un miedo genuino por lo que consideran una tendencia global hacia la destrucción de la familia como institución social. Creen que las leyes libertinas que dan más derechos a las mujeres o a los gays y lesbianas terminarán por hogares con niños abandonados a su suerte.

Les cuento noticias. Estudios serios demuestran que en estos tiempos de “liberalismo”, la gran mayoría de mujeres y hombres, aunque seamos feministas, de izquierdas, pro-choice, a favor de los derechos homosexuales o de ideas de vanguardia, incluso nosotros estamos a favor del matrimonio y la familia como instituciones sociales deseables. Incluso nosotros queremos tener hijos consensuados y criados de la mejor manera posible, rodeados de amor y disciplina; muchos somos religiosos o con mucha fe. Y nos parece que las leyes deberían seguir protegiendo a los más débiles en cuestiones familiares, como son en nuestras sociedades las mujeres y los niños. Y sabemos que los jóvenes que crecen en hogares unidos tienen, en promedio, más posibilidades de prosperidad que quienes crecen sin familia.

Pero hay tres puntos importantes para tener en cuenta al momento de hablar sobre la familia en Guatemala. No sé si se les pasó por alto una noticia. En lo que va de 2014 se han registrado más de 2.000 embarazos en niñas. Esto quiere decir que ha habido 18 violaciones diarias de niñas que han terminado en embarazos. ¿Qué hacemos con una niña violada embarazada por, digamos, su padrastro? ¿La obligamos a formar una familia con ese violador? ¿Le permitimos ponerle fin a ese embarazo? Hace falta un debate ahí.

Pasemos a casos menos límite. Más o menos uno de cada tres o cuatro hogares guatemaltecos es monoparental. ¿Son “menos familia” una mamá y su hija, o hijos de padres divorciados? En absoluto son “menos familia”. Además, gracias a una ley reciente, en Guatemala las mujeres embarazadas pueden demandar un examen de ADN sobre paternidad. Entiendo que en las primeras 500 demandas tras la aprobación de la ley, las mujeres ganaron todos los casos.

Pasemos a otros casos, más cotidianos. Si hay violencia doméstica, económica o abandono del hogar, ¿forzaremos a las mujeres a seguir en esa vida marital enfermiza? Qué digo enfermiza, potencialmente mortal, como en el caso de Cristina Siekavizza y tantas miles de miles de guatemaltecas. ¿Las forzaremos a “aguantar” para honrar el concepto de familia? ¿O fomentaremos el derecho de estas mujeres a divorciarse rápidamente, demandar al criminal y recibir una pensión que les permita una vida digna para ellas y sus hijos?

Todos, todos, queremos familias que ayuden a sus miembros a alcanzar la prosperidad y la felicidad. Pero no a cualquier costo. Una familia violenta, patriarcal, es mejor que no exista. La felicidad y la dignidad de sus miembros lo exige a gritos en Guatemala.

*Esta columna fue publicada originalmente en El Blog de Wachik' aj.

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