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La guerra contra la usura y las drogas
Vie, 26/07/2013 - 14:23

Gabriela Calderón

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Gabriela Calderón

Editora de ElCato.org y columnista del diario El Universo (Ecuador). Se graduó en 2004 con un título de Ciencias Políticas con concentración en Relaciones Internacionales de la York College of Pennsylvania. Sus artículos han sido reproducidos en otros periódicos de Latinoamérica y España como El Tiempo (Colombia), La Prensa Gráfica (El Salvador), Libertad Digital (España), El Deber (Bolivia), El Universal (Venezuela), entre otros. En 2007 obtuvo su maestría en Comercio y Política Internacional de la George Mason University.

Los mismos argumentos por los que la guerra contra las drogas está condenada al fracaso sirven para explicar por qué la guerra contra la usura también lo está. Estas prohibiciones no solo que no suelen lograr el objetivo que se proponen –eliminar o reducir el consumo de drogas y eliminar o reducir la usura–, sino que causan un daño a la sociedad muy superior a cualquier daño que podría ocasionar el consumo legalizado de las drogas o la fijación libre de tasas de interés.

El filósofo inglés Jeremy Bentham en su famoso libro En defensa de la usura (1787) introduce la materia diciendo lo siguiente: “Ningún hombre de edad madura y sano juicio, que actúe libremente y con conocimiento de causa, debe ser obstaculizado, incluso si se hace considerando su propio beneficio, para realizar una transacción que le permita obtener dinero en la forma que crea conveniente; ni (como consecuencia necesaria) que a nadie se le impida proporcionárselo en las condiciones que juzgue conveniente”. Este es un argumento moral basado en la creencia de que nadie es mejor juez de su situación que uno mismo y que por eso el individuo debe ser libre para contratar un crédito como crea conveniente, pero el mismo argumento aplica cuando se trata de la decisión de qué sustancias consumir.

Dicen que el combate a la usura es necesario para prevenir la prodigalidad, el abuso y la violencia. En el caso de las drogas se dice que es necesario para prevenir la adicción, el abuso y la violencia. Pero en ambos casos la prohibición meramente crea un mercado negro con una jugosa prima para aquellos dispuestos a participar con el riesgo de ser capturados por los agentes de la ley. En el caso de la usura, Bentham explicaba que la legislación antiusura tiene el efecto contrario al que se propone: resulta en tasas de interés más altas en el mercado negro de lo que fueran si no existiesen restricciones a la tasa de interés en el mercado legal. Esto es porque el individuo que se aventura a prestarle a un sujeto cuyo riesgo supera la tasa legal máxima debe ser indemnizado no solo por el riesgo que implica prestarle a dicho sujeto, sino también por “el mismo riesgo creado por la ley”. De igual forma, las ganancias en el tráfico de drogas hoy son artificialmente altas precisamente debido a que son ilegales.

Además, otra razón por la que la legislación antiusura deriva en tasas más altas en el mercado negro es porque al convertir estas transacciones en operaciones ilegales, se reduce el número de personas dispuestas a competir en ese mercado debido al riesgo y el estigma implicados, dándole así más poder de mercado a los pocos que quedan dispuestos a participar en la clandestinidad. Lo mismo ocurre en el mercado negro de las drogas. No todos quieren ser un capo de drogas y quienes desean serlo suelen ser individuos de los más bajos escrúpulos que probablemente no tendrían el éxito que tienen si tuviesen que operar en un mercado legal, con más competidores.

Resulta extraño que el mismo gobierno que parece entender estos argumentos en el área de las drogas, los olvide cuando se trata de las tasas de interés.

* Esta columna fue publicada originalmente en El Universo de Guayaquil.

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