Pasar al contenido principal

ES / EN

Thatcher: matrona de la New Wave
Mié, 10/04/2013 - 19:56

Carlos Tromben

Disparen contra el banquero
Carlos Tromben

Carlos Tromben es editor ejecutivo de la edición internacional de AméricaEconomía.

En la película 24-hour party people, que retrata la movida musical inglesa de los 80, hay una escena memorable. Tres jóvenes que intentan fundar un club para dar cabida a las nuevas tendencias, van a visitar un bar de mala muerte en el viejo sector industrial de Manchester. El dueño, un gordo que reúne todos los estereotipos de la clase baja inglesa, les pregunta: “¿qué clase de música van a tocar?”. Y ellos contestan dubitativos: “indie”. “¿Cómo?”, pregunta el gordo perplejo, ¿india? ¿Les doy un consejo? Heavy metal... ¡Esos tipos beben más que la Reina Madre!”.

Había nacido la era Thatcher.

Esto ocurría en 1980, cuando la dama de hierro no comenzaba tanto a desmantelar el Estado de Bienestar como el capitalismo de Estado que fundara, 30 años antes, el premier laborista Clement Atlee. 

Se abandonó la idea de administrar la modernidad económica surgida tras la Segunda Guerra Mundial, y los ferrocarriles, las telecomunicaciones, la generación y distribución de energía, fueron reprivatizadas. Pero antes Maggie tuvo que desarmar a su mayor enemigo: los sindicatos. 

Y apelar al nacionalismo con la inesperada ayuda de una dictadura militar latinoamericana. En menos de un año derrotó la huelga de los mineros, una de las más largas de la historia británica, y en plena recesión mundial  mandó una fuerza expedicionaria para revivir, aunque fugazmente, los viejos fantasmas imperiales.  

Y funcionó. Pocos líderes occidentales han tenido semejante mezcla de suerte y visión.

A su paso quedaron cientos de hectáreas de parques industriales abandonados, que empezaron a transformarse en discotecas y escenario de raros peinados nuevos. Ciudades como Manchester, Sheffield, Birmingham, se hicieron sinónimo de decadencia y hedonismo, de los ritmos New Wave, Tecno, House que más tarde se imitarían en todos los rincones. 

Sería injusto desconocer que algo mantuvo Maggie del viejo orden, y una generación completa de hijos de obreros entró a estudiar arte en alguna universidad pública. Maggie puso, sin querer, las condiciones de producción para Pulp, Siouxsie and the Banshees, the Smiths, Happy Mondays, New Order y tantos más.

Ewan McEwan, un opositor a Thatcher, reconoce que algo similar ocurrió con la novela. Todos sospechaban, feministas, sindicalistas e izquierdistas, que la “hija del verdulero” no tenía corazón y sólo deseaba monetizar la vida humana, y para los escritores todo esto se transformó en un vibrante flujo de ácidas novelas sociales, postcoloniales y distopias futuristas.

Salman Rushdie, Martin Amis, Malcolm Bradbury y el propio McEwan nacieron unidos por una misma fascinación: criticar a Maggie, deplorarla, odiarla incluso, padecer casi de manera casi masoquista su poder mediático y concebir neologismos para retratar su política económica: un sado-monetarismo que muchos aún padecen y no pocos siguen disfrutando.

Países
Autores