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¿Toda inversión es un aporte para el país?
Vie, 01/03/2013 - 09:10

Gabriela Calderón

Cómo Irlanda sale de la recesión
Gabriela Calderón

Editora de ElCato.org y columnista del diario El Universo (Ecuador). Se graduó en 2004 con un título de Ciencias Políticas con concentración en Relaciones Internacionales de la York College of Pennsylvania. Sus artículos han sido reproducidos en otros periódicos de Latinoamérica y España como El Tiempo (Colombia), La Prensa Gráfica (El Salvador), Libertad Digital (España), El Deber (Bolivia), El Universal (Venezuela), entre otros. En 2007 obtuvo su maestría en Comercio y Política Internacional de la George Mason University.

Una estrategia exitosa de venta es hacerle creer al potencial comprador “esto no es un gasto, ¡es una inversión!”, que supuestamente generará ingresos posteriores superiores al gasto. Esto, trasladado al campo del desarrollo económico, deriva en lo que el economista Peter Bauer denominó “el fetiche de la inversión”, mediante el cual “mucho del gasto en Occidente y el Tercer Mundo es aceptado de manera acrítica como deseable o incluso necesario, simplemente cuando sus partidarios son capaces de llamarlo inversión”.

Además, Bauer apuntaba a que no toda inversión es igual, dado que “los políticos y los burócratas no gastan su propio dinero o el de sus donantes. De hecho, su prestigio, influencia y poder muchas veces se beneficia de un gasto a gran escala”.

Cuando se le indica al gobierno que la inversión privada ha caído, tanto la extranjera como la nacional, este suele responder que eso no importa porque la inversión pública ha compensado el declive de la inversión privada.

Veamos las cifras. En 2006, Ecuador invertía 20,7% de su PIB y 15,8% venía de privados, mientras que sólo 4,1% del Estado. Para 2011, el país invertía 23,9% de su PIB, pero en 2011 más de la mitad (12,6%) venía del Estado y el resto de privados (11,3%). ¿Estamos igual o incluso mejor en cuanto a inversión? Si todo lo que se clasifica como inversión mereciera el nombre y si la inversión pública y privada fueran igual de productivas, pues sí.

Pero ambas presunciones son discutibles. Bauer indicaba que se suele asumir que más inversión equivale a una mayor productividad –léase, producir más con menos– cuando los aumentos en la productividad tienen que ver con otros factores como las condiciones del mercado y el marco institucional.

Eduardo Lora y Carmen Pagés del Banco Mundial indican que el problema de Latinoamérica no ha sido falta de recursos, sino su escasa mejora en productividad. Ellos estiman que si la productividad de la región hubiese crecido al mismo paso que creció la de EE.UU. entre 1960 y 2009, el ingreso per cápita de los latinoamericanos sería 54% más alto hoy.

La literatura de economía de desarrollo está repleta de ejemplos de “elefantes blancos”-mega proyectos de inversión que resultaron ser rentables políticamente para algún líder y sus partidarios, pero cuyo costo para la sociedad se manifestó años después. Mencionemos ejemplos actuales y locales. El gobierno “invirtió” US$53 millones en el aeropuerto de Santa Rosa, del cual, tres años después de su inauguración, solo salen dos vuelos diarios. Otro ejemplo es la “inversión” en “la rotativa más moderna de América Latina” del diario El Telégrafo, que a pesar de ser permanentemente subsidiado por la obligación que tienen las instituciones públicas de pautar en él y comprar sus ejemplares, generó pérdidas acumuladas entre 2007 y 2010 de US$3 millones.

A todo el festín de “inversión” pública de dudosa rentabilidad hay que agregar toda la “inversión” privada que el gobierno ha subsidiado, promovido o exigido y que de otra manera no tendría sentido. Bauer decía que “mucha de la inversión clasificada como privada es subsidiada con fondos públicos, o realizada para mantener la buena voluntad de los políticos y burócratas”. Y habrá más de esto conforme se politice cada vez más la economía ecuatoriana.

*Esta columna fue publicada originalmente en El Universo.com.

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