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Yo soy Chávez
Jue, 14/03/2013 - 09:22

Pedro Brieger

Evo Morales y el Manifiesto de la Isla del Sol
Pedro Brieger

Pedro Brieger es argentino, periodista y analista de política internacional. Trabaja en televisión y radio. Colaboró con los principales medios gráficos de Argentina. En mayo 2010 recibió por segundo año consecutivo el premio Martín Fierro a la mejor labor periodística de TV por su labor en el noticiero de Canal 7. En 2009, también el programa "Visión 7 Internacional" obtuvo el premio como mejor noticiero de la TV argentina. Es titular de la cátedra de Medio Oriente en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y autor de varios libros de temas internacionales.

Hay momentos históricos difíciles de describir o narrar. El escriba mira, trata de retratar el escenario donde acontecen los hechos, de percibir cada gesto, mirada, llanto o palabra, pero la realidad lo desborda. El impacto emocional de la marea humana lo atraviesa y no encuentra las palabras. ¿Las hay?

Se puede hablar de miles y miles de personas que se acercaron a la Academia Militar -allí donde Hugo Chávez ingresó como cadete- y que una multitud, una marea humana, un mar de pueblo o masas populares vienen a verlo. Sin embargo, las palabras descriptivas adornadas con bellas frases coloridas tampoco alcanzan. Se torna una ardua tarea transmitir el sentimiento de un pueblo, ya que no se puede medir únicamente por la cantidad, aunque se dice que son millones los que se acercan. ¿Cómo hacer para explicar que miles de venezolanos y venezolanas hacen la cola horas y horas mientras el sol raja la tierra para ver a Hugo Chávez tan sólo por dos o tres segundos? ¿Qué magia o comunión existe entre este líder popular y su pueblo para que se produzca este fenómeno de masas pocas veces visto?

Si hasta el gobierno se vio desbordado por la concurrencia masiva y tuvo que modificar el plan original que era velarlo por apenas 48 horas para luego enterrarlo el viernes 8 de marzo. El pueblo coreando “queremos ver a Chávez” los obligó a extender las exequias por siete días. El propio Nicolás Maduro tuvo que subirse a un camión y desplazarse entre la multitud para gritar a los cuatro vientos “todos van a ver a Chávez”.

Los que llegan no vienen para ver a un muerto y por eso casi no hay llantos ni escenas de histeria colectiva, porque Chávez trasciende su propia figura al hacerse carne en la gente. Consciente de su enfermedad y de su irreversible final, trasladó su alma al pueblo cuando comenzó a decir “Chávez ya no soy yo, Chávez es un pueblo, Chávez somos millones”. Esto, que puede sonar a demagogia, populismo o sentimiento religioso-místico, no se lo dijo a una minoría de intelectuales cuyo pensamiento “racional” les impide ver esa mágica relación entre Chávez y su pueblo.

Una magia que se expresaba en cada ocasión que él, hombre nacido en un rancho humilde, les hablaba como presidente a los más pobres y les decía que él era como ellos. No era una pose y los más humildes comprendieron muy rápido que era diferente de todos los presidentes anteriores que tuvo Venezuela. Ese “yo soy Chávez” estampado en miles y miles de remeras de todos los colores es más que un compromiso con Chávez, se convirtió en un compromiso con su propia conciencia para continuar con la revolución. Por eso fueron a verlo. Porque para ellos Chávez está vivo.

*Esta columna fue publicada originalmente en agencia Télam.

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