Para muchos inversores, el presidente Jair Bolsonaro puso fin al sueño de un resurgimiento del libre mercado en Brasil con una publicación en Facebook un viernes por la noche.

En una breve nota difundida el 19 de febrero, Bolsonaro anunció la salida del presidente de la estatal Petrobras, luego de estar irritado por el aumento de los precios de los combustibles. En la misma publicación, Bolsonaro nombró a un general de reserva sin experiencia en el sector de petróleo y gas para encabezar el mayor productor de petróleo de América Latina.

La brusca maniobra, que se produjo después de que Bolsonaro asegurara que no interferiría en la empresa, desencadenó la liquidación de las acciones de Petrobras y otros valores brasileños. Los analistas rebajaron rápidamente una variedad de activos locales, desde bancos estatales hasta deuda soberana. 

Petrobras perdió el 18% de su valor este año, lo que llevó al índice Ibovespa a la caída más pronunciada entre los principales índices bursátiles del mundo. 

Si bien la "bomba" que representa el cambio en Petrobras ha tomado por sorpresa a algunos inversionistas, la medida es consistente con la trayectoria de Bolsonaro. El ex capitán del ejército, un admirador abierto de la dictadura militar, ha defendido durante mucho tiempo un populismo de derecha que, en relación con el apoyo del gobierno al control de la industria, coincide con las opiniones de los políticos de izquierda que le encanta criticar. 

En casi tres décadas como diputado, Bolsonaro ha votado repetidamente a favor de mantener los monopolios estatales.

Sin embargo, durante la campaña electoral de 2018, Bolsonaro cambió su discurso para ganarse el apoyo de la clase empresarial del país. Se describió a sí mismo como alguien convertido por el libre mercado, dispuesto a liberar US$1 billón en privatizaciones, y nombró a algunos economistas favorables al mercado para su equipo, prometiendo dejar que Petrobras fuera administrada según las líneas de una empresa privada. 

Los inversores que aún esperan que Bolsonaro realice cambios importantes en las empresas estatales brasileñas se están engañando a sí mismos, dijo Mauro Cunha, ex miembro independiente del directorio de Petrobras y ex presidente de la Asociación de Inversores en los Mercados de Capitales (Amec).

Pero los recientes movimientos del presidente han dañado esta tenue alianza.

En los últimos meses, Bolsonaro ha criticado al presidente del Banco do Brasil por los recortes de personal, ralentizó las privatizaciones y vio que las reformas prometidas se desviaron, incluida una que facilitaría el despido de funcionarios públicos y recortar sus beneficios. En el proceso, la prensa local hizo comparaciones con otro militar que llegó a la presidencia: el fallecido líder venezolano Hugo Chávez, un pirómano socialista.

Con las elecciones presidenciales de 2022 en la mira, Bolsonaro puede tener pocos incentivos para cambiar de rumbo. El ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, figura importante de la izquierda brasileña y enemigo declarado de las privatizaciones, se presenta ahora como un posible oponente.

Esta presión podría alejar a Bolsonaro del ala pro mercado ya debilitada de su gobierno.

"Todas estas controvertidas reformas han perdido su atractivo para un presidente que nunca ha sido un fanático de las políticas económicas ortodoxas", dijo Leonardo Barreto, director de la consultora política Vector Brasília. "Bolsonaro usará cada vez más un disfraz populista".

Petrobras no se pronunció al respecto. 

Bolsonaro no respondió a las solicitudes de comentarios. Recientemente, dijo que las empresas estatales brasileñas deberían tener una "función social" y que cualquier presidente de una empresa pública que no comparta esta opinión debería dimitir.

El precio del diésel se desploma. Bolsonaro es solo el presidente más reciente en intervenir en Petrobras, cuyo monopolio virtual de refinación le da a la compañía el control sobre los precios domésticos del combustible.

La presidenta Dilma Rousseff, por ejemplo, subsidió los precios del combustible de 2011 a 2014 para controlar la inflación, una medida que le costó a Petrobras US$40.000 millones. Su sucesor, Michel Temer, dejó subir los precios por un tiempo, pero terminó enfrentándose a una huelga de camioneros que paralizó la economía.

Al igual que Dilma y Temer, Bolsonaro ha enfrentado una fuerte presión en este 2021, debido al aumento de los precios internacionales del petróleo, que alcanzaron máximos en un año, lo que llevó al CEO de Petrobras, Roberto Castello Branco, a subir seis veces los precios de los combustibles entre principios de noviembre y enero. Los camioneros respondieron con amenazas de una nueva huelga a fines de enero, poniendo a prueba el compromiso declarado de Bolsonaro con una Petrobras independiente.

Castello Branco, un economista de 76 años que se graduó de la Universidad de Chicago y fue designado hace dos años para reestructurar la empresa, dijo durante un webinar el 28 de enero que la demanda de los camioneros por precios más bajos del diesel "no es un problema de Petrobras", comentario que enfureció a Bolsonaro, como dijeron dos fuentes a Reuters.

El problema alcanzó su punto máximo el 5 de febrero, un viernes, cuando Castello Branco llegó a Brasilia para una reunión cara a cara con Bolsonaro para discutir los precios del combustible.

En una conferencia de prensa posterior a la reunión, Bolsonaro dijo que el gobierno reduciría los precios en los surtidores mediante recortes de impuestos a los combustibles, sin interferir con la compañía petrolera.

"Nunca controlaremos el precio de Petrobras. Petrobras se inserta internacionalmente con sus propias políticas y la respetamos", dijo Bolsonaro.

La declaración fue impugnada esa misma tarde, cuando Reuters publicó un artículo en el que revelaba que Petrobras había extendido su plazo para calcular la paridad internacional del precio del combustible, una medida que permitió que los precios del surtidor se mantuvieran artificialmente bajos.

El informe provocó una caída del 4% en las acciones de Petrobras, revirtiendo una recuperación inicial del 3,5% a raíz de la promesa de Bolsonaro de no interferir en la empresa. A continuación, vino la rebaja de las recomendaciones de los analistas.

Un aumento aún mayor del diésel el 18 de febrero, del 15,2%, dejó furioso a Bolsonaro, según dos fuentes cercanas a la situación. Para el presidente, el reajuste desestabilizó los esfuerzos del gobierno por calmar a los camioneros, dijeron las fuentes.

Esa noche, durante una transmisión semanal en vivo en las redes sociales, el mandatario se quejó del aumento "excesivo" de los precios y lamzó una amenaza. "Algo va a pasar en Petrobras en los próximos días", dijo sin dar más detalles.

Bolsonaro anunció el reemplazo de Castello Branco al día siguiente, a través de una publicación de Facebook que conmocionó al mercado. El mandato del ejecutivo en la empresa finaliza el 30 de marzo.

Castello Branco declinó hacer comentarios.

Su vacante la ocupará el general de reserva y ex ministro de Defensa, Joaquim Silva e Luna, el último de una serie de militares de los que Bolsonaro se ha rodeado desde que asumió el cargo.

Consultado por Reuters sobre las especulaciones de que le daría al gobierno una influencia desproporcionada sobre la empresa, Luna señaló que Petrobras es una empresa de capital mixto, con participación tanto pública como privada, calificando el gobierno de la petrolera como "muy equilibrado y controlado".

Luna rechazó a hacer más comentarios.

 

Preguntas sobre privatizaciones. El mes pasado, Bolsonaro dijo que la privatización de empresas estatales, específicamente Correios y Eletrobras, se encuentran entre sus prioridades legislativas para este año.

Sin embargo, aún no se ha demostrado su compromiso con este esfuerzo.

A mediados de enero, estuvo a punto de despedir al director ejecutivo de Banco do Brasil, André Brandão, debido a los planes del banco de cerrar 361 sucursales como parte de un programa de reducción de costos.

El 25 de enero, el presidente de Eletrobras, Wilson Ferreira Junior, designado por Temer en 2016 y luego encargado por él con la misión de privatizar la empresa, renunció alegando falta de tracción para la privatización. En conferencias con analistas y periodistas, culpó al Congreso, no a Bolsonaro.

Ese mismo día, se jubiló la directora de Refino y Gas de Petrobras, Anelise Lara. Lideró un ambicioso programa para vender ocho refinerías en el país, o alrededor del 50% de la capacidad de refinación de Brasil. Analistas de BTG Pactual y otros bancos dijeron que este plan se puso en duda debido al cambio en el mando de la empresa.

Unos días después, el director de Gobierno de Petrobras, Marcelo Zenkner, también dejó la empresa.

Las preocupaciones sobre la interferencia del gobierno con Petrobras influyeron en las decisiones que tomaron los ex ejecutivos, dijeron a Reuters dos personas cercanas a ellos.

Zenkner no respondió a una solicitud de comentarios. Lara se negó a comentar y refirió a Reuters a la oficina de prensa de Petrobras, que reiteró declaraciones anteriores de que Lara se había retirado y que Zenkner dejó el cargo por razones personales.

Los inversores que aún esperan que Bolsonaro realice cambios importantes en las empresas estatales brasileñas se están engañando a sí mismos, dijo Mauro Cunha, ex miembro independiente del directorio de Petrobras y ex presidente de la Asociación de Inversores en los Mercados de Capitales (Amec).

"Los argumentos de que 'esta vez es diferente' son como el sueño de un niño", dijo Cunha.