La actual coyuntura política sumerge al Perú en un nuevo período de inestabilidad. La decisión del presidente Martín Vizcarra de disolver el Congreso nacional, si bien fue celebrada en las calles del país, de inmediato fue replicada por sus opositores, quienes lo suspendieron ‟temporalmente” acusándolo de haber dado un golpe de Estado. Así, la lucha de poderes en el seno de las instituciones peruanas llega a un crítico punto de no retorno.

‟Lo primero que se debe decir es que Vizcarra no dio un golpe. Aquí estamos ante una coyuntura inevitable”, afirma en conversación con DW Diego García Sayán, excanciller y exministro de justicia peruano. ‟Estamos en un contexto en el cual el Congreso le da la espalda a toda legitimidad ciudadana. Y al Gobierno no le quedó otra opción que este resquicio constitucional; de lo contrario el país se dirigía hacia la ingobernabilidad, donde se violentaban principios democráticos básicos como la designación de los miembros del Tribunal Constitucional”, señala.

El Ejecutivo y el Legislativo se mantenían en pugna constante desde hacía tres años, pero la situación alcanzó su clímax cuando el Congreso, de mayoría opositora, anunció el inicio de un proceso para elegir dos nuevos magistrados al Tribunal Constitucional. Esto, sin convocar previamente un concurso público, como se hace usualmente en el Perú.

El presidente Vizcarra, quien solicitó al Parlamento, bajo el rótulo de ‟Urgente”, que se detuviera el proceso y se abriera un período de postulaciones a nivel nacional, amenazó al Congreso con disolverlo si se desestimaba su demanda. Una solicitud que formalizó este lunes (30.09.2019) como una ‟cuestión de confianza”. Sin embargo, el Parlamento le dio prioridad a la elección de un primer magistrado, y eso derivó en la categórica medida del Gobierno.

‟Esta situación se veía venir, porque desde su instalación en 2016, la oposición hizo uso de su mayoría parlamentaria para saquear al gobierno”, dice Fernando Tuesta Soldevilla, doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Heidelberg, y actual docente de la Universidad Católica de Lima.

Martín Vizcarra, presidente de Perú, disolvió el Congreso, y el Congreso lo suspendió a él.

‟El problema es que el Congreso se saltó la convocatoria abierta, y en cambio optó por invitar directamente a determinados juristas, quienes, por cierto, son públicamente cercanos al fujimorismo”, explica Julio Panduro, politólogo y periodista del diario El Peruano. ‟Esa fue una maniobra política, pues una vez que estuvieran en el Tribunal Constitucional, esos magistrados podrían a través de la justicia favorecer a los miembros del fujimorismo, o perjudicar a funcionarios de otros partidos”, dice.

Efectivamente, varios congresistas de oposición tienen abiertas causas penales en su contra. Algunos están incluso vinculados a la Operación Lava Jato. Pero estos procesos se encuentran detenidos, dado que actualmente los investigados gozan de inmunidad parlamentaria. Un privilegio que perderán en 2021, cuando termine el período constitucional. Entonces se retomarán sus casos ante la Justicia.

‟Al nombrar magistrados adeptos al fujimorismo, ellos querían garantizar su impunidad futura, pues sus casos podrían llegar ante el Tribunal Constitucional, y en esa instancia los nuevos magistrados les iban a devolver el favor”, añade Panduro.

Ambas partes acuden debilitadas a este estadio de la lucha de poderes. Mientras el Parlamento ha perdido gran parte del apoyo popular (70% apoyaba su disolución en abril, según el Instituto de Estudios Peruanos), Martín Vizcarra ejerce un liderazgo falto de solidez, principalmente a causa de una presidencia sin resultados relevantes, que gira monotemáticamente en torno a su confrontación con el Congreso.

‟Esta situación se veía venir, porque desde su instalación en 2016, la oposición hizo uso de su mayoría parlamentaria para saquear al gobierno”, dice Fernando Tuesta Soldevilla, doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Heidelberg, y actual docente de la Universidad Católica de Lima. ‟Fue esa férrea confrontación la que condujo a la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski el año pasado, y Vizcarra corría exactamente la misma suerte. Por eso apeló a la cuestión de confianza como una medida límite”, explica el experto.

En Perú, la disolución del Congreso tiene un precedente lamentable. En 1992 el entonces presidente Alberto Fujimori aplicó la misma medida, lo que dio inicio a una de las épocas más oscuras en la historia del país. Pero lejos de esta semejanza formal, García Sayán, quien además fue presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos entre 2010 y 2014, observa diferencias sustanciales entre ambos momentos.

‟Esta sí tiene un basamento constitucional, no tiene visos militares, y no interviene ni el Poder Judicial ni los gobiernos regionales, cosa que sí ocurrió bajo el mandato de Fujimori: Esta vez la medida se circunscribe únicamente al Parlamento”, apunta.

Con un Congreso disuelto que, a su vez, suspende al presidente en funciones, se anticipan para el Perú días de incertidumbre. Urge ahora que el poder civil se muestre capaz de dar respuestas. De lo contrario, la polarización podría hacer resurgir los viejos fantasmas que tantos ruidos de sables han producido en América Latina. La decisión de Vizcarra es respaldada por gran parte de la sociedad, pero su liderazgo -y la responsabilidad política del resto de los actores- debe ahora estar a la altura de la coyuntura histórica. De lo contrario, Perú podría asomarse a la antesala del desastre.