Managua.- Más de 88.000 nicaragüenses dejaron la nación centroamericana desde las protestas que estallaron en abril de 2018 contra el Gobierno. La mayoría ha ido a Costa Rica, país vecino que siempre les ha acogido pero que empieza a verse sobrepasado por un goteo constante que amenaza con dispararse, pese a lo cual la crisis migratoria permanece "en la sombra" por la emergencia de Venezuela y el Triángulo Norte.

La primera ola de migrantes nicaragüenses llegó en abril de 2018, cuando comenzaron las manifestaciones contra Daniel Ortega para exigir la "democratización" del país. Más de 300 personas en murieron una represión que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ve como un crimen de lesa humanidad.

Desde entonces "han seguido llegando", indica el representante de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en Costa Rica, Milton Moreno, en una entrevista a Europa Press. Actualmente, hay 73.000 migrantes nicaragüenses en el país, pero Moreno advierte de que hay un "arribo constante" de entre 3.000 y 4.000 personas al mes, de modo que, si la tendencia se mantiene, hacia finales de 2020 se podrían superar los 100.000.

Moreno distingue entre los inmigrantes económicos, que siempre han visto en Costa Rica una salida a las dificultades internas, y los refugiados, que han sido la nota dominante en estos casi dos años. Se trata de hombres solos --estudiantes universitarios, activistas de Derechos Humanos y profesionales-- o familias enteras. En los últimos meses, ACNUR ha detectado un nuevo perfil: "Campesinos que solicitan protección internacional porque han sido despojados de sus tierras".

Mientras los inmigrantes económicos suelen utilizar los cruces oficiales, que "funcionan muy bien", los refugiados lo hacen a través de las "trochas" que plagan una porosa frontera de más de 300 kilómetros. Para cruzar por estos "puntos ciegos", los nicaragüenses suelen ponerse en manos de "coyotes", como se conoce en la región a las redes de tráfico de personas, lo que multiplica las posibilidades de que sufran abusos de todo tipo.

Geográficamente, el punto de entrada es el norte de Costa Rica, donde existen comunidades de nicaragüenses de las grandes migraciones de los años 80 provocadas por los conflictos armados. "La gente se acuerda de esos tiempos", tanto nicaragüenses como costarricenses, de modo que los recién llegados suelen encontrar un recibimiento caluroso.

"El trauma de la fuga".  El impulso natural es quedarse con los conocidos o parientes que ya estaban en Costa Rica, que les ayudan en una primera fase donde las principales necesiades son de alojamiento y comida. "Traen muy pocas pertenencias, vienen con lo puesto o con una maleta liviana que puedan cargar en el viaje. Son condiciones difíciles porque eso es todo lo que tienen", cuenta Moreno.

Algunas personas llegan con necesidades especiales de salud porque padecen una enfermedad crónica y requieren un tratamiento médico al que inicialmente no pueden acceder. Por eso, ACNUR ha puesto en marcha un programa con el Seguro Social de Costa Rica para dar atención sanitaria a unas 6.000 personas, "las más vulnerables".

Lo peor es "el trauma de la fuga". Por un lado, a causa de "las experiencias vividas" por quienes "se vieron afectados directamente por lo que pasó en abril de 2018 o en eventos que han ocurrido después" y, por otro, de quienes "tuvieron que pasar mucho tiempo en la selva para llegar a Costa Rica", que pueden ser días o semanas.

"Cuando llegan tienen que sobrevivir de inmediato pero con el paso del tiempo son experiencias que se manifiestan mucho más", explica Moreno, precisando que en el caso de los migrantes nicaragüenses en Costa Rica ha aflorado como "violencia sexual por razón de género" y "violencia doméstica" ante "situaciones de frustración, vulnerabilidad e incertidumbre".

Brotes de xenofobia. A la larga surge también la acuciante necesidad de encontrar trabajo. Los que proceden de zonas rurales de Nicaragua se suelen quedar en el norte, donde hay más oportunidades para ellos, pero los estudiantes universitarios o profesionales optan por desplazarse a centros urbanos, preferentemente San José, donde buscan el empleo que tendrían en su país, lo cual "es más complejo" porque concurren con los costarricenses.

ACNUR trata de "identificar actividades en las que puedan trabajar para ser autosuficientes, algo que tiene también un elemento de dignidad personal muy importante", para después apoyarles "para que tengan un trabajo más parecido a lo que ellos imaginaban", "un proceso largo de integración" que no suele ser fácil. Por el camino se han encontrado, sobre todo tras la primera ola de abril de 2018, con brotes de xenofobia.

Moreno asegura que, en general, los costarricenses han recibido "bien" a sus vecinos nicaragüenses y atribuye esos episodios a una situación económica y social en Costa Rica que tampoco es sencilla, con un 12% de paro, y a un ambiente político agitado por el horizonte electoral. "Ha sido más una reacción de preocupación, de no conocer, de miedo, y muchos grupos lo usaron para expresar esos sentimientos, que existen en muchos países", señala.

ACNUR ha tenido que hacer un trabajo de concienciación para explicar que "hay una contribución a la sociedad", en primer lugar, porque "están haciendo trabajos que otros no tomarían", en la construcción o en el servicio doméstico, y, en segundo, porque al trabajar obtienen ingresos con los que pagan impuestos y dejan de depender de las ayudas para sostenerse por sí mismos.

Una respuesta ejemplar. Moreno destaca que Costa Rica ha acogido a los nicaragüenses con "los brazos abiertos" --tiene la voluntad política, el marco legal y las instituciones--, pero se ha quedado prácticamente solo porque los donantes miran a otros países en un "momento histórico" para la región en términos migratorios por "lo que está sucediendo en el sur con los venezolanos y hacia el norte, en la frontera de México y Estados Unidos", con los centroamericanos.

El representante de ACNUR advierte de que, si bien Costa Rica es un país de renta media-alta --en comparación con el resto de Centroamérica-- cuyo Gobierno está haciendo "un trabajo fantástico", "llega un momento en el que el volumen es tal que se requiere apoyo internacional". De lo contrario, a pesar de estas ventajas, "este desafío le puede poner fácilmente en crisis".

"Es algo que tenemos que estar listos a asumir", dice Moreno, más teniendo en cuenta que en Nicaragua "no ha habido un cambio sociopolítico" que indique que los migrantes nicaragüenses están pensando en el retorno, "sino más bien que la situación puede que siga siendo crítica y que las personas sigan saliendo".

Una de las razones es el impacto en la economía nicaragüense de la crisis política y las sanciones internacionales, que se ha notado en un sector clave como el turismo. Así, "encontrar empleo es un desafío" porque no existe y porque "algunos no pueden acceder a él por alguna razón que puede ser política". Eso puede conducir al caso venezolano, donde las personas "ya no tenían acceso a lo que el Gobierno les había garantizado (...) y no ven cómo sobrevivir".

Además, Nicaragua se prepara para celebrar elecciones presidenciales en 2021, un escenario propicio para un nuevo estallido social. "Políticamente, si ocurriera de nuevo algo parecido a lo de abril de 2018, claro que eso va a provocar personas que buscan un lugar seguro, ya sea en Costa Rica o en otra dirección", dice Moreno mencionando a Panamá o España, los otros destinos de la emigración nicaragüense.

Con todo ello, aunque "a veces esta situación queda en la sombra", es posible que el éxodo nicaragüense se intensifique. "Todavía no lo vemos como una ola, pero podría ser si las personas no ven otra opción", avisa ACNUR.