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Ollanta Humala: el embajador del miedo
Mar, 07/06/2011 - 15:35

Robert Funk

El tango de Néstor
Robert Funk

Subdirector del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile y profesor de Ciencia Política de la misma casa de estudios. Es PhD en Ciencia Política de la London School of Economics. Consultor de gobiernos y empresas internacionales y comentarista en los medios británicos, chilenos y canadienses. Fue Presidente de la Asociación Chilena de Ciencia Política, entre 2006 y 2008. 

La reacción de los mercados fue negativa. La caída en la bolsa local manifestaba la preocupación generalizada por las implicancias en materia económica y política del nuevo gobierno. Los premios por riesgo de los bonos soberanos aumentaron dramáticamente y la moneda comenzó a devaluarse. A pesar de los intentos durante su campaña de presentarse como un demócrata, de vestirse de corbata, y de bajar el tono en sus declaraciones reivindicativas, las élites locales -y por cierto las chilenas- no ocultaron sus preferencias, tanto ex ante como ex post.

¿Perú 2012? No, Brasil 2002.

A pesar de los miedos generados, Lula como presidente no solamente logró ganarse la confianza de los mercados, sino que al abandonar el poder el año pasado, dejó un país ad portas de asumir su anhelado rol en el escenario mundial, ante la envidia de países europeos atrapados por deuda y desempleo.

La pregunta que todos se hacen, si Ollanta Humala será un Lula o un Chávez, forma parte de una visión dicotómica del mundo, en que las cosas son buenas o malas, blancas o negras.

En un país como el nuestro (Chile), aún acostumbrado a fichar a las personas como de derecha o izquierda, demócrata o autoritario, es un enfoque analítico fácil y resonante. Pero no es el adecuado. El mundo ha cambiado. Chávez sigue siendo un presidente, democráticamente elegido, utilizando todos los medios que ofrece la democracia para subvertirla y consolidar su poder. Lo mismo se puede decir de Rafael Correa. Y ¿qué hay de los países árabes? La primavera árabe por ahora sigue basándose en un llamado por más democracia y libertad, pero... ¿Qué pasa si las elecciones producen gobiernos islamistas, resueltos a implementar leyes que, por ejemplo, limiten dramáticamente el espacio público y político para las mujeres o las minorías religiosas?

En un mundo complejo en que nada es blanco y negro, ¿cómo clasificar a Humala?

En vez de hablar de derecha o izquierda, o en este caso, de una izquierda buena y una mala, habrá que considerar dos variables alternativas. La primera es que, como Chávez, Humala es un hombre militar. Y como el presidente venezolano, participó en un levantamiento en contra del gobierno de la época. En sí, su pasado profesional no lo inhabilita para poder llegar a ser un gran presidente democrático, pero las lecciones adquiridas a lo largo de una carrera militar son, sin lugar a dudas, distintas a aquellas que aprendería un líder sindical como Lula.

Hay poco en la trayectoria pública de Humala que haga pensar que estará dispuesto a sentarse a negociar con los grupos económicos del país para acordar un gran pacto social, enfocado en la erradicación de la pobreza.

La segunda característica fundamental es el etnocacerismo, cuyo ideólogo más importante es el padre del presidente-electo. Más que el nacionalismo, que sin duda comenzará a hacerse más evidente, la ideología indigenista es un elemento clave para entender lo que será el gobierno de Humala. Por un lado, la ideología hace un llamado por recuperar algo -riqueza, cultura, lo que sea- del pasado lejano. Por el otro, los adherentes del movimiento tienen una larga lista de grupos a quienes culpan por haber perdido esa riqueza. La política de identidad es un fenómeno absolutamente moderno… y que probablemente le ganará a Humala un montón de admiradores entre los autodenominados anti imperialistas del mundo desarrollado. Si Humala espera mantener la gobernabilidad, un indicador importante va a ser cómo controla el discurso etnocacerista o si vence la tentación de caer en el racismo.

Hasta el momento los hechos dan para algo de optimismo. Para ganar esta elección Humala tuvo que bajarle el perfil al discurso indigenista y reivindicativo, lo que sugiere que el público peruano, si bien no estaba dispuesto a elegir a la heredera del fujimorismo, tampoco estaba ni ahí con el etnoracismo.

La pregunta, entonces, es la misma que nos hicimos hace años con Hugo Chávez y Lula: ¿es Humala lo que parece ser? ¿O es un encubierto, como el protagonista de El Embajador del Miedo, que ha esperado llegar al poder para implementar su siniestra conspiración?

Tanto en el caso de Chávez como de Lula, la respuesta estuvo presente desde el comienzo. Sólo hay que abrir los ojos y verla.

*Esta columna fue publicada originalmente en El Dínamo.cl.

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