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La nueva normalidad
Vie, 15/05/2015 - 08:18

Susan Kaufman

Por qué Grecia nos  tiene que importar
Susan Kaufman

Susan Kaufman es directora del Centro de Política Hemisférica de la Universidad de Miami.

En la última Cumbre de las Américas, celebrada en Panamá, el tema que recibió más cobertura fue la decisión de EE.UU. de normalizar relaciones diplomáticas con Cuba. Esto permitió el histórico apretón de manos y las conversaciones oficiales entre los presidentes Barack Obama y Raúl Castro, poniendo fin a medio siglo de aislamiento diplomático.

Sucesivas encuestas han demostrado que los problemas diplomáticos entre EE.UU. y Cuba no son un problema acuciante para los latinoamericanos. ¿Por qué entonces el entusiasmo ante el anuncio de Panamá? Por cierto, a los latinoamericanos parece importarles poco que Cuba siga siendo una dictadura, ni les preocupa mayormente si los dólares que fluyan hacia Cuba tras la normalización de las relaciones diplomáticas beneficien al pueblo cubano o a sus líderes, en particular los militares que controlan las grandes y más lucrativas empresas.

La principal razón para el entusiasmo latinoamericano parece estar más relacionado con EE.UU. que con Cuba. El cambio diplomático estadounidense hacia la isla es visto en términos simbólicos e ideológicos. Están valorando, específicamente, que “el intervencionista” EE.UU. haya entendido finalmente que los latinoamericanos quieren adoptar y mantener sus propias decisiones respecto de sus sistemas políticos y estrategias de desarrollo económico. De ahí la emoción de ver que Washington finalmente ha “visto la luz”.

De hecho los países de la región llevan varios años enviando mensajes bastante claros en este sentido, creando organizaciones regionales de seguridad que excluyen explícitamente a EE.UU. y Canadá, tales como UNASUR y CELAC. Muchos analistas han visto en ellas un intento de debilitar a la OEA, que sí incluye a EE.UU. y Canadá y ha estado durante décadas dominada por Washington. Pero la OEA ya estaba debilitada para cuando estos organismos fueron creados, fundamentalmente porque las votaciones se realizan por consenso y desde la irrupción de Hugo Chávez y su “revolución bolivariana” llegar a este consenso se ha tornado prácticamente imposible.

Más aún, el rechazo latinoamericano a la intervención estadounidense coincide con una creciente falta de apoyo de la administración Obama, así como de muchos electores estadounidenses, a intervenir en el extranjero. El gobierno de Obama ya ha retirado tropas estadounidenses desde Afganistán e Irak y se ha distanciado notoriamente de su tradicional aliado, Israel. Al mismo tiempo ha mostrado muy poco interés en limitar la expansión de Irán en el Medio Oriente y está presionando por un acuerdo nuclear con Teherán. Tampoco está muy ansiosa la administración Obama por intervenir en Ucrania, aceptando la expansión rusa en zonas fronterizas de dicha región.

George Friedman, de la revista especializada Stratfor, que publica análisis y proyecciones geopolíticas, ha caracterizado la política exterior de EE.UU. bajo el presidente Obama como un regreso al “equilibrio de poder”, especialmente en Asia y el Medio Oriente. Un ejemplo es la Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés), para la cual el presidente pidió al Congreso permiso para negociar por vía rápida. El TPP es un enorme acuerdo de libre comercio que incluirá a varias naciones de Asia y Latinoamérica, pero que excluye, de manera significativa, a China.

¿Dónde queda América Latina en todo esto? Básicamente donde siempre, según confesión propia, ha querido estar. Tomando sus propias decisiones políticas y económicas y respecto al tipo de vecindario donde quiere vivir. Pero si los latinoamericanos quieren un vecindario democrático y económicamente competitivo y próspero, tendrán que implementar una serie de reformas complejas, como por ejemplo, dejar de apoyar dictaduras disfuncionales.

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