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Después de las reformas en México
Mar, 02/09/2014 - 10:43

Luis Rubio

Lunes 5 de julio: cuando México ya sea otro
Luis Rubio

Presidente del Centro de Investigación para el Desarrollo (Cidac), una institución independiente dedicada a la investigación en temas de economía y política, en México. Fue miembro del Consejo de The Mexico Equity and Income Fund y del The Central European Value Fund, Inc., de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal y de la Comisión Trilateral. Escribe una columna semanal en Reforma y es frecuente editorialista en The Washington Post, The Wall Street Journal y The Los Angeles Times. En 1993, recibió el Premio Dag Hammarksjold, y en 1998 el Premio Nacional de Periodismo.

Para robarse las manzanas de la Hespérides, Hércules le propuso a Atlas, el titán sosteniendo los cielos, que él asumiría la pesada carga si Atlas obtenía las manzanas que se encontraban protegidas por un monstruo de muchas cabezas. Cuando Atlas retornó, Hércules lo tuvo que engañar para que lo relevara como titán. ¿Será ésta una analogía útil para lo que sigue después de las reformas?

El proyecto que animó la estrategia del presidente Peña partía del supuesto de que el país se había estancado por la ausencia de reformas. En esto el presidente no estaba rompiendo ningún canon: a pesar de las diferencias entre partidos, en las últimas décadas se había conformado un virtual consenso respecto a la necesidad de reformas. La presunción era que el país no estaba funcionando porque nos habíamos rezagado  y que urgían ciertas reformas para salir del hoyo.

Esta conexión, casi mecánica, entre reformas y crecimiento gozaba de una amplia aceptación en el mundo académico y político. De hecho, el promotor de la idea de un pacto fue el PRD, partido que, quizá con mayor visión de Estado que de pragmatismo político, reconoció que sólo compartiendo los costos se podría avanzar una agenda de reformas. Para el PRD esta fue una manera de romper con el aislamiento producto de una década de populismo y rechazo a la institucionalidad. La suma de la disposición del PAN y del PRD a compartir costos y de la enorme capacidad de operación política del presidente hizo posible llegar al puerto en que hoy estamos. Un hecho sin duda inédito.

Ahora que ha culminado el proceso legislativo en materia de reformas podremos ver si el hecho de que se haya aprobado ese ambicioso paquete se traduce en crecimiento económico. En contraste con el tono conciliatorio y optimista con que nació el Pacto por México en diciembre de 2012, hoy las opiniones políticas y mediáticas son contrastantes. La lectura hoy oscila entre un reconocimiento a la habilidad del presidente y un rechazo por la “venta” del país y sus recursos que alegan los críticos más contumaces.

Los análisis y evaluaciones más mesurados se han enfocado menos al hecho de las reformas y la retórica (pre-electoral) que las acompaña que al contenido de las mismas. Algunos aplauden su potencial para atraer inversión, desarrollar los recursos naturales con que cuenta el país y resolver entuertos (casi) ancestrales, como el educativo. Otros se enfocan más a los detalles y observan potenciales obstáculos en el camino, incentivos cruzados y numerosas fuentes de incertidumbre, sobre todo las que emanan de las decenas de artículos transitorios que quedaron plasmados en las leyes. Esto último no es casualidad pues, a través de esos transitorios, se intentó “corregir” lo que la constitución dice o proteger intereses particulares. El tiempo dirá si resuelven problemas o son fuente de nuevos obstáculos.

La más notable de las reacciones es la que manifiesta el propio gobierno. Ante todo, está la legítima satisfacción de haber logrado un hito histórico. Algunas de las reformas que se aprobaron cambian los vectores del desarrollo del país de una manera que hace muy pocos meses parecía inconcebible. El tono general que emerge del gobierno refleja la expectativa de que, a partir de ahora, la economía mejorará y, con ello, los índices de popularidad del presidente y las posibilidades electorales del PRI.

Los próximos meses serán indicativos de la medida en la cual las reformas efectivamente responden a los obstáculos al desarrollo. Una primera reacción se podrá observar en la forma en que se ajuste el mercado de las telecomunicaciones y si, efectivamente, la ley (y el regulador) provee mecanismos eficaces para una transición hacia un mercado competitivo, algo que, a decir de los principales actores en la industria, no es evidente. Lo mismo será visible en la forma en que actúen los potenciales inversionistas en la industria energética. No hay como la realidad concreta y sus actores inmediatos para medir el éxito, al menos inicial, del paquete de reformas.

Mucho más compleja es la reacción de la población en general. Es posible que los bajísimos índices de aprobación y popularidad del presidente reflejen el tradicional escepticismo del mexicano ante grandes propuestas de cambio: hasta no ver no creer. De ser así, tan pronto las cosas mejoren, los índices se revertirían. Pero también es posible que la hipótesis de la conexión reformas-crecimiento sea errónea.

Desde luego, no está en duda que un mejor desempeño económico resolvería muchos problemas, ampliaría las oportunidades de empleo y mejoraría los niveles de vida. Sin embargo, no es obvio que las reformas resuelvan problemas estructurales básicos. La población hace tiempo se acomodó al patético desempeño económico: la economía informal es una forma de sobrevivencia en un entorno hostil. Una mejora general de la economía ayudaría pero no resuelve las causas de la informalidad.

Luego está el entorno hostil: la población padece múltiples fuentes de desorden que las reformas no sólo no atienden, sino que ni siquiera reconocen como relevantes. Ahí está la falta de oportunidades, el influyentismo, la corrupción, la extorsión, la inseguridad, el desdén con que la burocracia trata al ciudadano. En una palabra, el enorme desorden en que vive la población. Aún si la economía crece, mientras no se resuelvan las fuentes de desorden, el gobierno seguirá como Hércules tratando de engañar a Atlas para que alguien más se encargue de sus problemas.

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