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El punto de inflexión de Puerto Rico
Mié, 02/10/2019 - 16:27

Giuseppe Cicatelli

Giuseppe Cicatelli
Giuseppe Cicatelli

Giuseppe Cicatelli es inversionista, filantropista y presidente de Bacalia Group.

A nivel global, la creciente desconfianza en los sistemas políticos se ha acelerado a través de las redes sociales, la movilización y la organización de acciones de masas, creando ciclos de protestas e inestabilidad que son cada vez más frecuentes. En este último mes, en Praga, la mayor demostración pública desde la caída del comunismo demandaba la dimisión del primer ministro por acusaciones de corrupción; en Hong Kong, millones de personas han mantenido en jaque al gobierno chino por una nueva ley de extradición.

Parte de esa inestabilidad es lo que se ha vivido en Puerto Rico, con la salida del ex gobernador, Ricardo Rosselló, dimisión que dejó a la isla en una acotada lista de países cuyas poblaciones han conseguido no limitarse a ejercer sus derechos el día de las votaciones, sino también tomándose las calles de forma pacifica y logrando el cambio de sus representantes políticos cuando consideran que estos no están a la altura.

Como líder de un grupo empresarial involucrado en la vida económica y social de Puerto Rico he vivido con preocupación los acontecimientos que han sacudido a la isla estas últimas semanas. Evidentemente el clima de desconfianza hacia la clase política, alimentado por una década de desatención, desidia que llevó a la quiebra fiscal y a agudos problemas sociales, ha estado afectando en el tiempo el clima de inversión y el progreso de la recuperación económica de la isla.

La redes sociales que permiten la organización y el aumento de las manifestaciones publicas, también afectan y distorsionan la realidad. Las imágenes de escuadrones de policías con equipo antimotines, usando gases lacrimógenos, aerosoles de pimienta y balas de hule contra las multitudes, ayudaron a difundir viralmente por las redes una lectura apresurada de la situación, que por cierto no alimentaba un clima de confianza. Al contrario, crearon una "realidad” devastadora que vatacinaba el desmoronamiento de la recuperación económica, así como del proceso de restablecimiento de la salud fiscal, por tiempo indefinido.

Sorprendentemente, la imagen de Puerto Rico ha salido fortalecida a nivel internacional. Incluso, la prensa y los analistas que han estado cubriendo este fenómeno, en Puerto Rico, se han preguntando si no debería suceder lo mismo en otros países de la región, donde pese a las marchas y la organización de la ciudadanía, el cambio no ocurre.

En el fondo, la población en Puerto Rico ha exigido de manera elocuente a sus líderes que trabajen para el interés colectivo y con claridad de propósito para atender los desafíos fiscales, económicos y sociales que existen. Y les ha pedido de manera pacífica (y de formas muy creativas) total dedicación. En ese sentido, el caso de Puerto Rico es un caso emblemático del ejercicio democrático.

Los eventos de las ultimas semanas han quedado ciertamente plasmados como un hecho heroico en la psiquis puertorriqueña. Porque la sociedad boricua parecía resignada a sufrir con pasividad todos los males que se le venían encima, desde la crisis económica hasta los huracanes. Pero ahora, de manera proactiva, los mismos puertoriquenos se empoderan y responsabilizan de la recuperación de su credibilidad y de la economía.

Claramente, quien gobierne ahora deberá apostar a la confianza de ese pueblo empoderado, ya que los puertorriqueños estarán atentos y menos tolerantes. Si bien un pueblo vigilante y fiscalizador puede ser uno de los pilares de las democracias modernas, también un clima en exceso sensible puede transformarse fácilmente en un factor desestabilizador, en términos de continuidad y coherencia de políticas publicas.

El mayor desafío de esta nueva instancia de liderato ejecutivo, como ejercicio compartido, será incluso a nivel comunicacional, donde se deberán introducir nuevos mecanismos de apertura, transparencia y participación, pero sin sacrificar la toma rigurosa de decisiones indispensable para recuperar un clima favorable para la inversión a largo plazo, y para restablecer los puentes de confianza y credibilidad de Puerto Rico con el gobierno federal de los Estados Unidos.