Nuestro compromiso es defender nuestras conquistas logradas a sangre y fuego, no por una élite de personas, sino por nuestro pueblo, por bolivarianas y bolivarianos patriotas (...) Mi responsabilidad como presidente indígena y de todos los bolivarianos es evitar que los golpistas sigan persiguiendo a mis hermanos y hermanas dirigentes sindicales, maltratando y secuestrando a sus familiares, quemando casas de gobernadores, de asambleístas, de concejales (...) Hoy es el momento de la solidaridad entre nosotros y nosotras, mañana será el momento de la reorganización y el paso al frente en esta lucha que no termina con estos tristes sucesos. La consigna es resistir...”.

Es un extracto de la carta de renuncia de Evo Morales. Es claro que, tras el asilo, el boliviano tendrá muchos planes, pero ninguno que signifique una pausa en la operación política. México no será un refugio que implique la sombra. Aunque su residencia no será revelada por motivos de seguridad, según expresó ayer el canciller, nada le impedirá fraguar el regreso a su país.

México respondió como lo ha hecho en otros momentos de la historia. Nadie lo duda ni lo cuestiona. La respuesta contundente que llegó de Cancillería habrá sido el elemento que permitió la salida de Evo de su país, sin un nivel de violencia mayor, si tomamos en cuenta la coyuntura en la que ha vivido Bolivia desde el pasado 20 de octubre.

Sin embargo, es momento de evaluar, de conocer cuál es la estrategia. Con el asilo en marcha, México tendrá que definir también hasta cuándo éste tendrá efecto. Los antecedentes de asilados en nuestro territorio, que aun así fueron objeto de persecución, no garantizan plena seguridad.
El caso de León Trotsky, un espejo de crimen de Estado. La permanencia de Evo a largo plazo podría convertirse en una posible crisis de seguridad nacional.
Y no es que nos haga falta otra. 

México y el Presidente salvaron su vida, en palabras del propio Evo, pero ahora también deberán trazar la ruta para que la permanencia del político, hoy ya expresidente, no genere un conflicto mayor, dentro y fuera de nuestras fronteras.

México y el Presidente salvaron su vida, en palabras del propio Evo, pero ahora también deberán trazar la ruta para que la permanencia del político, hoy ya expresidente, no genere un conflicto mayor, dentro y fuera de nuestras fronteras. Si esto no pone en riesgo ningún otro de los puentes que tenemos hacia el exterior, México hoy, tras tomar postura, debe también fungir como ése que encamina al país sudamericano a la construcción de una verdadera democracia.

No debemos olvidar que si bien Evo, con todo y la efectividad de muchos de sus programas, se mantuvo en el poder gracias a trampas electorales que eliminaron la legitimidad de su permanencia en el poder. Evo debía irse desde hace varios años y esta crisis boliviana es resultado de uno de más de sus intentos de continuar gobernando. Para Bolivia, lo que debe seguir es la consumación de una verdadera democracia, en donde los mandatarios respeten la Constitución que rige a su país.

Jamás un mando militar, pero tampoco nunca gobiernos autonombrados. Jeanine Áñez se proclamó ayer presidenta interina del país en una sesión legislativa sin quórum. “El golpe más artero y nefasto de la historia...”, dijo Evo tras este anuncio. Estos vacíos no son los deseados tras la renuncia de un presidente, donde lo que más se requiere es certeza, porque sólo son jugadas que apuestan al derrumbe.

*Esta columna fue publicada originalmente en Excélsior.com.mx.