Suele ocurrir: la sensación de que aquella funcionaria estatal, éste ejecutivo de una megacorporación o aquel mozo que atiende en el café (y que se niega a aceptar, dentro del pedido, el cambio de un componente de la ensalada por otro arguyendo alguna regla abstrusa) no entienden algo muy sencillo que, además, los beneficia. De inmediato o a largo plazo. Las respuestas al por qué son múltiples: que la injerencia estatal, que la ceguera corporativa, que los bajos sueldos de los mozos, que la pobreza de las relaciones humanas en la grandes ciudades, etc, etc.