Cada año, EE. UU. deporta a más de 200.000 personas. La mayoría son mexicanos. Parte de esta comunidad se une en la capital de México para construir del otro lado de la frontera el nuevo sueño americano.

Los mexicanos que regresan a su país después de pasar la mayor parte de su vida en EE. UU. se enfrentan a una sociedad poco empática y a un gobierno que no los apoya. La comunidad binacional, integrada por personas deportadas o retornadas desde EE. UU., une esfuerzos para construir una vida del otro lado de la frontera.

Una muestra de ello es Little LA, el barrio de los deportados en el centro de Ciudad de México, nombre que ellos mismos le asignaron. El Pequeño Los Ángeles es una zona donde se reúnen personas que vivieron en todos los rincones de EE.UU., mujeres y hombres mexicanos de todas las edades.

Algunos hablan inglés; otros solo conocen algunas palabras de ese idioma. La comunidad deportada es tan diversa como lo es el país del que proviene. Y el rasgo que comparten es que regresan a un México tan carente de oportunidades como el que dejaron al emigrar.

Aunque el gobierno mexicano creó programas de ayuda para el deportado, como "Somos Mexicanos”, en la práctica, no brinda un apoyo real. "Mucha de la información ya no está actualizada y el dinero que dan es muy poco para vivir. Los servidores públicos no son sensibles a los migrantes”, comentó a DW Verónica Gutiérrez, quien vivió 17 años en Ohio, EE. UU.

En Little LA muchos trabajan en centros de atención telefónica. Aunque el sueldo es bajo, ese empleo significa una opción inmediata de ingresos para la comunidad bilingüe. Invisibles para el resto de la ciudad, en esta zona, la comunidad deportada recrea el estilo de vida de los barrios latinos del país del norte. "Aquí es común escuchar el inglés, hay negocios con carteles bilingües, y se puede comprar comida tex-mex”, dijo a DW Frank Hernández, de 34 años, quien atiende una barbería.

El regreso de los "bad hombres”. Contrariamente al estereotipo que vincula a los migrantes con criminales, la mayoría de las deportaciones se deben a simples multas de tránsito. Las personas se ven forzadas a regresar a México por manejar con exceso de velocidad, estacionar en zonas prohibidas, o cruzar un semáforo en rojo. Al ser detenidos, la Policía les pide sus documentos, y allí comienza su proceso de deportación. Otra principal causa son las redadas contra indocumentados en los centros de trabajo. "Recuerdo a un señor que llegó al aeropuerto como deportado, vestido aún con su uniforme del restaurante donde era empleado”, señaló en entrevista con DW Leni Álvarez, un joven que regresó a México junto con su familia."Lo más cruel es que la deportación es totalmente inesperada”, subrayó.

En el primer semestre de 2018 fueron deportados alrededor de 600 mexicanos por día desde EE. UU. Una cifra récord durante el gobierno de Donald Trump. A pesar de su retórica anti inmigración, esas cifras no son nuevas ni alarmantes, pues con el gobierno de Barack Obama el número de mexicanos devueltos a su país ascendieron hasta 1.100 personas cada día. Eso incluso le dio a Obama el nombre de deporter in chief (deportador en jefe) entre los miembros de la comunidad migrante.

Jóvenes, entre falsas promesas e ilusiones. Pero lo que hace que esa política, bajo el gobierno de Trump, sea especialmente cruel, radica en el perfil de las deportaciones. Mientras Obama deportaba en la frontera, la actual administración regresa a los indocumentados que llevan ya toda una vida en EE. UU. "Mi familia emigró hace años. Mis padres tenían dos hipotecas de la casa y una empresa propia. El sistema del país, sus leyes, nos forzaron a regresar”, apuntó Leni Álvarez, quien en México trabaja con jóvenes deportados que buscan una vida mejor.

Exaltados en los medios de comunicación y discursos políticos, los deportados regresan a su país con los sueños rotos. Cuando llegaron a EE. UU., lo hicieron llenos de energía, y los más jóvenes decidieron construir su fututo en ese país. Francisco Rojas, de 30 años de edad, llegó a EE. UU. cuando tenía un año. Ahora trabaja en México como profesor en una escuela de programación para la comunidad binacional. "A pesar de las dificultades, hoy valoro estar en mi país. Aquí es adonde pertenezco, y aquí quiero rehacer mi vida”, dijo a DW.