La solución, dice Rachel Kleinfeld, radica en re-civilizar a la sociedad y al sistema político. La violencia tiene explicaciones muy claras y distintivas en cada situación específica que pueden ser revertidas si se enfoca el problema correctamente. La autora* afirma que es posible restaurar el orden y la paz si se conjunta un liderazgo dispuesto a enfrentar el problema que produce la “violencia del privilegio” con una clase media -organizada a través de la sociedad civil- capaz de movilizarse para obligar al gobierno a actuar.

El nuevo gobierno tiene que decidir si quiere resolver el problema o meramente ser el dueño: no es lo mismo. "El problema de la mafia, dijo el fiscal italiano antimafia Paolo Borsellino, reside en hacer que el Estado funcione". ¿Podrá el gobierno de AMLO restaurar la paz y la seguridad?

La violencia acaba destruyendo civilizaciones o transformándolas.  Esta comienza por la debilidad estructural de un gobierno o por la complicidad que existe entre sus integrantes con las organizaciones criminales que, dice la autora, es lo común. Típicamente, la criminalidad involucra a los gobernantes, los seduce y corrompe, al grado de los hacerlos cómplices, con lo que se cierra el círculo. Una vez que el gobierno es parte del orden criminal, toda la estructura de policías, ministerios públicos y jueces acaba debilitándose porque ya es parte del problema y no puede ser parte de la solución.

En el corazón del argumento aparece el concepto de la “violencia del privilegio,” que la autora emplea para identificar la violencia que surge del orden establecido dedicado a preservar lo existente, típicamente en sociedades muy polarizadas y desiguales. Las autoridades pueden acabar siendo cómplices porque quieren beneficiarse directamente o porque responden a grandes intereses comprometidos con el statu quo. En la práctica, la diferencia es pequeña porque, una vez que se da la complicidad, comienza la violencia y el aparato gubernamental deja de tener capacidad para proteger a la ciudadanía.

Lo más interesante del libro, al menos para nuestra experiencia, es que hace una distinción muy clara entre gobiernos que han sido rebasados por la criminalidad y aquellos en que la autoridad se ha sumado al crimen organizado. Aunque lo segundo puede llevar a lo primero, existen experiencias, como en Afganistán, en que fuerzas criminales muy poderosas pueden imponer su ley. Para la autora no hay duda alguna que, en el caso de Honduras y México, se trata del segundo caso: las autoridades fueron corrompidas o se corrompieron por el crimen organizado y eso llevó a que todo el aparato dedicado a la protección de la ciudadanía y a la procuración de justicia se colapsara.

Una vez que eso ocurre, las opciones no son muchas ni muy difíciles de dilucidar. Para comenzar, dice Kleinfeld, una vez que las autoridades son cómplices, el deterioro ocurre en todos los ámbitos, aunque no parezcan vinculados entre sí porque bajan los estándares de comportamiento en todo. Por ejemplo, personas que antes se comportaban de manera impecable, ahora no ven mal robarse algo en el supermercado; los inspectores de la luz se convierten en virtuales extorsionadores, no muy distintos a los que cobran derecho de piso; el discurso político adquiere una agresividad que nunca antes había existido. Cuando la civilización se deteriora, la única posibilidad reside en reconstruirla, pero eso sólo puede ocurrir cuando se conjunta un nuevo gobierno dispuesto a romper las redes de complicidad e impunidad con una sociedad que se lo demanda.

El texto casi parece un script: llega un nuevo gobierno y se encuentra con un aparato gubernamental extenuado, incapaz y hecho pedazos porque las autoridades salientes se dedicaron a disfrutar las mieles en asociación con el crimen, en lugar de combatirlo. El nuevo gobierno no tiene más opción que hacer arreglos y acuerdos con los criminales para evitar un súbito crecimiento de la violencia. Es en ese momento que se define el futuro: el nuevo gobierno tiene dos posibilidades; por un lado, puede aceptar el nuevo statu quo (un pacto) como un fin en sí mismo y seguir como si nada ocurrió. La alternativa sería utilizar esa tregua para ganar tiempo y utilizarlo para construir nueva capacidad policiaca, judicial y de ministerios públicos. La mayoría de los gobiernos se atora en los acuerdos y el resultado acaba siendo más violencia.

La diferencia entre un resultado benigno y el otro es la sociedad civil. Cuando la sociedad le exige al gobierno que actúe y lo vigila y exhibe sus debilidades, el gobierno preserva la brújula de lo que la autora llama "re-civilización". Cuando la sociedad no presiona o no tiene capacidad de hacerlo, el gobierno inexorablemente se amilana y cede todo.

El nuevo gobierno tiene que decidir si quiere resolver el problema o meramente ser el dueño: no es lo mismo. "El problema de la mafia, dijo el fiscal italiano antimafia Paolo Borsellino, reside en hacer que el Estado funcione". ¿Podrá el gobierno de AMLO restaurar la paz y la seguridad? Su apuesta es que sí, a través del ejército. La evidencia que arroja este libro es que eso no va a funcionar: sólo la conjunción de sociedad y gobierno lo puede lograr.

Leoluca Orlando, el alcalde de Palermo lo dijo con claridad: La lucha contra la Mafia fue como un carrito de dos ruedas: policías y cultura. Una sola rueda lleva a que el carrito dé vueltas; Sólo las dos ruedas juntas pueden hacerlo funcionar.