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Las elecciones en Colombia y el discurso de la guerra
Mar, 10/06/2014 - 12:11

Camilo Olarte

Vientos de paz desde el campo colombiano
Camilo Olarte

Camilo Olarte es Ingeniero y periodista colombiano, naturalizado mexicano. Actualmente es el corresponsal de AméricaEconomía en México.

Entre los pliegues del discurso uribista se esconde un sector de la sociedad colombiana que no acepta su deuda histórica con las víctimas de la guerra, un país mezquino que defiende a toda costa sus privilegios, un país urbano con miedo a que "el enemigo" llegue otra vez a las ciudades. Es ese mismo país que ha entronizado el maquiavelismo y que celebra cuando su líder, el ex presidente Álvaro Uribe Vélez, convertido casi en una figura mítica, pasa por encima de las instituciones -Oscar Iván Zuluaga es tan solo la sombra de éste y se mueve a ras de tierra a su misma velocidad y alcance.

Es difícil entender por qué un país como Colombia, que ha sufrido una guerra por más de 50 años y ha dejado millones de víctimas, esté a punto de perder la oportunidad histórica de alcanzar la paz. Los colombianos deciden el próximo 15 de junio en una segunda vuelta electoral quién los gobernará durante los próximos cuatro años; si es el candidato del Centro Democrático, Oscar Iván Zuluaga, quien ganó la primera vuelta, o si reelegirá a Juan Manuel Santos. Pero la contienda determinará algo mucho más profundo: suspender las negociaciones de paz o continuarlas hasta el final.

"El 7 de agosto decretaré una suspensión temporal del proceso en La Habana". Estas son las palabras que Zuluaga escogió un día después de su triunfo en la primera vuelta electoral. Días más tarde, en un giro que no sorprende por el carácter acomodaticio del uribismo, se desdijo para conseguir la adhesión de la ex candidata del partido conservador, Martha Lucía Ramírez. Hoy, a muy pocos días de la elecciones, el discurso regresó a su origen guerrerista.

Álvaro Uribe Vélez, el bisnieto del poeta Martín Vélez, es un fiel representante del país donde se ejerce "el poder de la gramática" -explica Mario Jursich en un texto para el libro "Crecer a Golpes"-. El ex presidente "es el responsable de elevar los eufemismos a razón de Estado", dice el autor. Y también ha demostrado ser un talentoso creador de adjetivos. "Castrochavismo" es uno de esos, una genialidad del marketing político que le ha ocasionado un profundo daño a la campaña santista. El adjetivo agudizó la polarización del país y creó fundamentalistas, pero también se coló hasta lo más profundo –hasta el miedo- de muchos votantes indecisos. Según el uribismo, "el gobierno castrochavista" está haciendo concesiones inaceptables a las FARC en materia de economía, política y justicia, todo a espaldas de la opinión pública.

El gobierno de Santos es un gobierno de derecha, neoliberal, moderadamente reformista, tan alejado del castrismo y del chavismo como es posible estarlo -y torpe, muy torpe con las palabras-. Durante los cuatro años de gobierno la economía del país ha crecido, mientras la desigualdad y la pobreza se reducían. Su gobierno, sin embargo, nunca abandonó los grandes vicios de la política colombiana: el clientelismo, la corrupción, vicios que durante el gobierno de Uribe tuvieron su época más nefasta.

La traición de Santos, de la que tanto habla el uribismo, se fundamenta en que éste reconoció la existencia de un conflicto armado, y todo lo que eso implica. Uribe, durante su gobierno prometía borrar de un plumazo a las FARC, arrasarlas, acabar a la guerrilla más vieja del mundo –aunque nunca una guerrilla de estas dimensiones haya desaparecido fuera de una mesa de negociaciones- y para ello reemplazó en el vocabulario presidencial las palabras "guerra" y "conflicto armado" con "amenaza terrorista", el eufemismo que Zuluaga ha revivido en los últimos días.

Si no hay un "conflicto armado", no hay un enemigo legítimo, y de esta manera es imposible hacer concesiones. Y el uribismo no las hará. Ya se opuso, para beneplácito de los grandes tenedores de las tierras y de los paramilitares –que en muchos casos son los mismos- a la ley de víctimas y restitución de tierras. Las víctimas, cuya voz apenas se empieza a escuchar desde de la aprobación del marco jurídico para la paz, sienten que estas elecciones –y así lo han expresado la mayoría de su líderes que apoyan a Santos- son un plebiscito acerca de su condición, y seguramente de su sobrevivencia -más de 50 líderes han sido asesinados en la última década. Sobre ellos caerían los adjetivos de una doctrina política que condena cualquier visión contraria.

Los falsos positivos, las chuzadas del DAS, los narcoparlamentarios, ocho años de corrupción, peculados, colaboradores encarcelados o extraditados por narcotráfico; el discurso uribista sobrevivió a todo las perversiones políticas que se dieron durante su gobierno, y todavía hoy lo hace. Sin embargo, este mismo discurso parece reducir su poder cuando se encuentra de frente con la guerra. La geografía de los resultados de la primera vuelta corresponde a la geografía de la guerra. Las regiones donde se concentra el conflicto armado votó por Santos, votó por la continuación del proceso de paz.

En dos años se ha llegado a acuerdos significativos en el proceso de La Habana de una forma estructurada y con asesoría internacional del más alto nivel, pero el gobierno santista ha sido incapaz de comunicarlo. Ya existen acuerdos en tres de los cinco puntos de la agenda –lo que quiere decir que estamos muy cerca-, aunque como se pactó, "nada está acordado hasta que todo esté acordado". Todo se puede ir por la borda si gana Zuluaga.

Es hora de que el país vea a través de las fisuras del discurso uribista, que reconozca a sus víctimas, y que su visión llegue hasta las zonas rurales y pobres donde se cría la carne de cañón de la guerra. El país se daría cuenta de que a pesar de la brutalidad de la guerrilla, de sus crímenes execrables, su existencia -más allá del narcotráfico como lo presenta el uribismo-, se debe a que hay  una justificación ideológica: Colombia es un país profundamente desigual, excluyente, y en guerra. El proceso de paz tiene que hacer concesiones, sí, a la guerrilla, pero principalmente a la Colombia profunda que abandonó hace medio siglo. Y el único dispuesto a hacerlas entre los dos candidatos parece ser Juan Manuel Santos. Colombia tiene la oportunidad de cambiar su historia si firma la paz. O si no, tiene que estar dispuesta a seguir contando muertos.

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