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Menos pensamiento acrítico; más política, el arte de negociar
Jue, 13/03/2014 - 16:04

Carlos Tromben

Disparen contra el banquero
Carlos Tromben

Carlos Tromben es editor ejecutivo de la edición internacional de AméricaEconomía.

Un ídolo del fútbol chileno de los años 70 dijo una vez ante los micrófonos del país deportivo: "uno no necesariamente está de acuerdo con lo que uno piensa". La frase aún sale a colación en asados y encuentros de amigos como un oxímoron. Yo, en cambio, soy de los que piensa que se trata de una aseveración muy profunda, que ameritaría un estudio por parte de lingüistas y psicólogos.

Para muchos el mundo sólo tiene sentido como un conjunto de ideas absolutas: Dios, el socialismo o el libre mercado. Quienes viven así, tienden a descartar toda información que ponga en jaque estos conceptos. En psicología se le llama “sesgo de confirmación”. Esto ocurre todos los días, pero adquiere rango de sinfonía o drama épico en momentos de polarización política. El conflicto palestino-israelí, la crisis de Ucrania, la crisis venezolana son escenarios ideales en los que dicho sesgo se apodera no sólo de quienes viven y padecen de primera mano el conflicto, sino en quienes los observan desde afuera. Incluso en viejas democracias liberales el sesgo se asoma cuando se debate el matrimonio entre personas de un mismo sexo (Francia) o el seguro de salud universal (EE.UU.). Nadie, o muy pocos, están exentos.

¿Cómo podemos reconocer la información contaminada con el sesgo y pensar por nosotros mismos? Desconfíe del uso liviano de categorías políticas del siglo XX: ¡el imperialismo ataca nuestros derechos sociales! ¡Los comunistas vienen por nuestras casas y nuestros bienes!

No hace falta tener un doctorado en análisis del discurso para saber que algo no encaja cuando nos dicen que Enrique Capriles alaba a Pinochet, o que José Miguel Insulza pide una invasión militar estadounidense en Venezuela. Hoy las redes sociales se constituyen como armas de destrucción masiva de la razón, en cuanto a la capacidad de propagar estos contenidos tóxicos, pero es el propio lenguaje y sus reglas el que opera como contrapeso: el amigo que comenta, discretamente, que la frase de marras no junta ni pega. Todo virus tiene su antídoto y se llama pensamiento. El logos digital para discernir que esta imagen está trucada o groseramente sacada de contexto.

Lo que está de fondo es la tendencia que tenemos a ver al otro como parte de una vasta y coordinada red de maldad (la vieja teoría conspirativa), pero nunca como un conjunto de sujetos capaces de sentir miedo, inseguridad y, sí, de transformar sus debilidades en actos de bullying. Su plan es improvisado y suele conducir a tragedias y a mucho, mucho dolor gratuito.

Tómese el miedo de los occidentales al frío, calculador y omnipotente imperio soviético, que fue refutado en 1990 por la constatación de que dicho imperio era un cascarón vacío, política y económicamente anquilosado, lo que hizo implosión desde adentro. O el miedo que sentían en Chile los sectores de clase media conservadora en 1973 ante una “asonada marxista” que jamás existió y cuyo simulacro, durante la posterior dictadura, ha quedado en la historia como mala película de terror para justificar 3.000 muertos y desaparecidos.

Hace falta mucho coraje y mucha independencia mental para repudiar estos reflejos, que el debate científico intenta localizar en el lenguaje o en alguna parte de nuestra corteza cerebral. Mi amigo Felipe Schuster, abogado y músico inspirado, lo transformó en una hermosa canción titulada “Nadie va a matarte”.

Ellos no te van a matar, sólo tienen tanto miedo como tú. El psiquiatra Park Dietz acuñó en los años 80 el concepto de “pseudocomando”: las personas obsesionadas con las armas y la parafernalia militar esconden un sentido de impotencia y fracaso. Mientras más vociferante el líder, más miedo hay escondido en él y en sus seguidores.

El antídoto contra toda esta toxicidad hecha espejo es el pensamiento, o sea, la política: el arte de negociar. La vieja y querida polis donde tú y yo no escondemos nuestras diferencias, pero tampoco las hacemos pelear como perros rabiosos.

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