Gustavo Alcides Díaz, un pescador y cazador argentino de una comunidad isleña, se siente a gusto en el río. Pero no puede acceder a su casa en bote porque el arroyo donde vive se secó por la bajante del Paraná. Los peces que le daban alimento escasean y se quedó sin el agua que potabiliza para beber.

Frente a su casa, ahora solo hay un hilo de agua lodosa.

El Paraná, el segundo río más largo de Sudamérica luego del Amazonas, está en su nivel más bajo desde su récord histórico en 1944 debido a sequías cíclicas y decrecientes lluvias en Brasil. El cambio climático amenaza con exacerbar estas tendencias.

La bajante del río, que conecta a una gran parte del continente, golpeó a comunidades como la de Díaz, afectó el transporte de granos en Argentina y Paraguay y provocó una sequía que contribuyó a un aumento de los incendios forestales, además de dañar los ecosistemas de humedales.

"Es histórico esto, por lo menos yo a mi edad nunca lo vi tan bajo", dijo Díaz, de 40 años, en su casa en El Charigüé, en la provincia de Entre Ríos. La población está situada frente al polo agroexportador de Rosario, unos 300 kilómetros al norte de Buenos Aires.

El fenómeno es parte de un ciclo natural, exacerbado por el calentamiento global, la quema de humedales y la construcción de represas, que restan al río su capacidad de autorregulación, dijo Eduardo Sierra, ingeniero agrónomo especialista en agroclimatología.

"Cuando se seca todo, el agua se pudre", agregó, lamentando la falta de peces y de agua para consumir.

La crisis del Paraná es una entre una multitud de problemas que surgen en todo el mundo vinculados al cambio climático global, relacionados con la quema de combustibles fósiles y las consecuentes emisiones de gases de efecto invernadero.

Líderes mundiales se reunirán en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) a partir del 31 de octubre en Glasgow, Escocia, en medio de advertencias de un panel de la ONU sobre las alteraciones que sufrirá el clima durante las próximas décadas... o siglos.

El río nace en el sur de Brasil y serpentea 4.880 kilómetros a través de Paraguay y Argentina hacia el océano Atlántico. Es una vía navegable vital para el transporte comercial y para la pesca, provee agua potable a millones de personas, alimenta plantas de energía eléctrica y mantiene una rica biodiversidad.

Miles de millones de dólares de materias primas como soja, maíz y trigo son transportadas desde los puertos en el Paraná hacia el resto del mundo.

Cerca del 80% de las exportaciones agrícolas de Argentina -una potencia exportadora de alimentos- circulan por el río, aunque algunos cargamentos están actualmente viajando por tierra hasta puertos oceánicos más pequeños debido al bajo nivel de la vía fluvial.

El caudal del Paraná ha caído en algunos momentos de este año más de la mitad de lo normal. Imágenes de satélite muestran claramente cuánto ha retrocedido el río debido a la bajante.

El fenómeno es parte de un ciclo natural, exacerbado por el calentamiento global, la quema de humedales y la construcción de represas, que restan al río su capacidad de autorregulación, dijo Eduardo Sierra, ingeniero agrónomo especialista en agroclimatología y asesor de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires.

"Es un evento de dos veces en el siglo (...) Hay un ciclo de muy larga duración que está llegando a un mínimo en este momento. Luego también ocurre que estamos en un episodio doble del fenómeno de La Niña, que es un fenómeno que lo que hace es bajarnos las precipitaciones", dijo Sierra.

Esto ha impactado sobre el caudal del río Paraná, que pasó de 18.000 metros cúbicos por segundo a menos de 10.000 metros cúbicos por segundo, contó el experto.

"Luego tenemos una causa humana que es el calentamiento global, que está acentuando todas las variaciones del clima. Y tenemos otra intervención humana, que es que a la cuenca del Plata (a la que pertenece el Paraná) le han hecho una cantidad muy grande de represas, se han eliminado humedales para hacer la hidrovía, para generar electricidad, y no se ha tomado la precaución de que esto tenga un efecto regulador", agregó.

"Como el mar". El Paraná, que significa "como el mar" en la lengua tupí-guaraní hablada por pueblos indígenas locales, nace de la convergencia de dos grandes ríos de Brasil, Río Grande y Paranaíba. Recibe agua de estados como Goiás, Minas Gerais, Sao Paulo y Mato Grosso do Sul antes de seguir su camino hasta la desembocadura del Río de la Plata en Buenos Aires.

Estas áreas han visto caer incesantemente los niveles de lluvias en los últimos 10 años, según un análisis de Reuters de datos climáticos de Refinitiv de las últimas tres décadas.

El análisis mostró que el promedio de precipitaciones combinadas en esos cuatro estados brasileños cayeron a su punto más bajo desde al menos principios de la década de 1990. Los niveles de lluvias durante ese período se redujeron a la mitad, con la tendencia acelerándose en la última década.

"Este último año se destacará comparado con cualquier otro del pasado, como sea que lo midas", dijo Isaac Hankes, analista senior de investigación meteorológica de Refinitiv.

Esa caída sostenida de las precipitaciones impacta directamente en el nivel del Paraná miles de kilómetros río abajo, en Argentina y Paraguay, del que dependen los buques de granos y las barcazas para transportar cargamentos de granos, harinas y aceites.

La bajante del río está afectando el transporte porque los barcos se ven obligados a cargar menos peso para evitar quedar varados en las zonas poco profundas.

La profundidad media del río en dos años en el puerto de Rosario es la segunda más baja registrada desde de la histórica sequía de 1944-45. El nivel del río allí, medido con varas que indican la profundidad que puede llegar bajo cero, alcanzó los -0,33 metros en agosto.

Desde entonces, se ha recuperado levemente pero se encamina a retroceder al menos hasta diciembre, cuando empieza la temporada de lluvias. La proyección media del oficial Instituto Nacional del Agua (INA) es de -0,39 para mediados de diciembre.

 

Guillermo Wade, gerente de la Cámara de Actividades Portuarias y Marítimas de Argentina (CAPyM), dijo que el nivel más bajo implica que los buques deben reducir el volumen normal de carga de granos en alrededor de un 20% y que podría empeorar si el río sigue bajando.

"En estos más de 40 años que llevo en este trabajo nunca había visto que hubiese llegado a los 33 centímetros por debajo del cero", dijo Wade.

Actualmente los barcos salen de Rosario con un calado de 9,1 metros (30 pies) frente a los 10,4 metros habituales. Los buques tienen que recortar entre 1.600 y 2.175 toneladas de granos para ahorrar un pie de carga.

La bajante fuerza a los exportadores a usar más buques que llevan cargas más pequeñas, lo que eleva los costos logísticos y obliga a hacer recargas en otros puertos de aguas profundas.

En lo que va de 2021, Argentina ya perdió US$ 620 millones en exportaciones de harina y aceite de soja, según un reporte reciente de la Bolsa de Comercio de Rosario.

"Por esta bajante estamos perdiendo carga respecto de una situación normal", dijo Wade. "Otro problema es que si un barco estuvo en un puerto en Argentina y completa en Brasil, quizá la próxima vez en vez de venir por este poco directamente va a Brasil y perdemos como mercado", agregó.

"Rápida recarga". El paisaje del delta frente a Rosario cambió. En zonas como el Paraná Viejo, donde antes había agua, ahora se levantan islas con vegetación que creció en los últimos dos años. Y donde había lanchas, ahora hay huellas de animales y vehículos.

"Cuando (el río) crece 10 centímetros acá festejan, es buenísimo, les soluciona un poco los problemas", dijo Javier Hereñú, un maestro de 53 años de la localidad de El Charigüé, que ahora debe caminar tres kilómetros por caminos con víboras y mosquitos para dar clases porque la lancha en la que viajaba no puede entrar al arroyo lindero.

Además de afectar a los humedales y generar un aumento de incendios forestales, la bajante mermó el número de peces y dejó a comunidades sin acceso a agua dulce.

"El impacto económico es gigantesco", dijo Carlos Balletbo, un funcionario de la naviera regional Atria -que cuenta con 600 barcazas-, en su oficina cerca de la triple frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay, donde el río Iguazú se une al Paraná.

 

Los ríos de Paraguay transportan cerca del 96% de las exportaciones del país mediterráneo, pero Balletbo dijo que la bajante había paralizado las operaciones de transporte de aceite y harina de soja de Atria. Y que los bienes se estaban dirigiendo al puerto brasileño de Paranagua y a los puertos de granos de Asunción.

Los buques salen de Paraguay con la mitad de su capacidad de carga para llegar a los puertos de Rosario y al Río de la Plata, lo que triplica el tiempo de viaje y genera un enorme costo adicional, dijo Balletbo.

"La navegación quedó parada, prácticamente no trabajamos", relató Roque Gómez, trabajador de un astillero en el distrito cercano Mayor Otaño, en la ribera paraguaya del Paraná. "Tratamos de mantener el personal y sobrellevar esto (...) nos estamos ayudando entre nosotros", agregó.

Si bien se espera que haya una creciente modesta del río por el período de lluvias estival en Brasil, meteorólogos advierten que es probable que el fenómeno continúe el año próximo.

"Necesitamos un período de recarga rápida del río que no vemos más allá del primer trimestre del 2022", dijo Lucas Chamorro, director de hidrología en la cercana planta hidroeléctrica de la represa argentino-paraguaya Yacyretá, y agregó que lo ocurrido se relaciona también con la actividad en los humedales más amplios del Pantanal e incluso en el Amazonas.

Dionisio Gaona, un vendedor de pescado en Santa Rita, una localidad del departamento paraguayo Alto Paraná, 340 kilómetros al este de Asunción, dijo que la bajante del río lo ha forzado a cambiar de actividad para mantener a su familia.

"Realmente fue muy difícil porque había pocos peces y los precios eran más altos. Estuve trabajando como albañil para traer algo de pan a casa", contó Gaona.